Y Milagros:

—Lo que es yo... ¿allá?... ¡Estás tú fresco!

Faltaba todavía un dato importante para apreciar la gravedad del asunto; faltaba conocer la actitud del interesado, si se prestaría de buen grado á cambiar de familia, ó si, por el contrario, se resistiría con la irreductible firmeza propia de la edad inocente. Su abuela, en cuanto el monstruo se fué, empezó á disponer el ánimo del chico para la resistencia, asegurándole que la tía Quintina era muy mala, que le encerraría en un cuarto obscuro, que la casa estaba llena de unas culebronas muy grandes y de bichos venenosos. Oía Cadalsito estas cosas con incredulidad, porque realmente eran papas demasiado gordas para que las tragase un niño ya crecidito y que empezaba á conocer el mundo.

Aquella noche nadie tuvo apetito, y Milagros se llevaba para la cocina las fuentes lo mismo que habían ido al comedor. Villaamil no desplegó los labios sino para desmentir las terroríficas pinturas que su mujer hacía del domicilio de Cabrera. «No hagas caso, hijo mío; la tía Quintina es muy buena, y te cuidará y te mimará mucho. No hay allí sapos ni culebras, sino las cosas más bonitas que puedes imaginarte; santos que parece que están hablando, estampas lindísimas y altares soberbios, y... la mar de cosas. Vas á estar muy á gusto».

Oyendo esto, Pura y Milagros se miraban atónitas, sin poder explicarse que el abuelo se pasase descarada y cobardemente al enemigo. ¿Qué vena le daba de apoyar la inicua idea de Víctor, llegando hasta defender á Quintina y pintando su casa como un paraíso infantil? ¡Lástima que la familia no estuviera en fondos, pues de lo contrario, lo primero sería llamar á un buen especialista en enfermedades de la cabeza para que estudiara la de Villaamil y dijere lo que dentro de ella ocurría.

XL

Cadalsito tampoco tuvo ganas de comer y menos de estudiar. Mientras le acostaban, la tiíta, completamente repuesta de aquel salvaje desvarío y sin tener de él más que vaga reminiscencia, le besó y le hizo extremadas caricias, no sin cierta escama del pequeño y aun de doña Pura. Milagros se quedó allí á dormir aquella noche, por lo que pudiera tronar.

Luis cogió pronto el sueño; pero á media noche despertó con los síntomas anunciadores de la visión. Su tía Milagros cuidó de arroparle y hacerle mimos, acostándose al fin con él para que se tranquilizase y no tuviera miedo. Lo primero que vió el chiquillo al adormilarse, fué una extensión vacía, un lugar indeterminado, cuyos horizontes se confundían con el cielo, sin accidente alguno, casi sin términos, pues todo era igual, lo próximo y lo lejano. Discurrió si aquello era suelo ó nubes, y luego sospechó si sería el mar, que nunca había visto más que en pintura. Mar no debía de ser, porque el mar tiene olas que suben y bajan, y la superficie aquélla era como la de un cristal. Allá lejos, muy lejos, distinguió á su amigo el de la barba blanca, que se aproximaba lentamente recogiendo el manto con la mano izquierda y apoyándose con la otra en un bastón grande ó báculo como el que usan los obispos. Aunque venía de muy lejos y andaba despacio, pronto llegó delante de Cadalsito, sonriendo al verle. Acto continuo se sentó. ¿Dónde, si allí no había piedra ni silla? Todo ello era maravilloso en grado sumo, pues por encima de los hombros del Padre vió Luis el respaldo de uno de los sillones de la sala de su casa. Pero lo más estupendo de todo fué que el buen abuelo, inclinándose hacia él, le acarició la cara con su preciosa mano. Al sentir el contacto de los dedos que habían hecho el mundo y cuanto en él existe, sintió Cadalso que por su cuerpo corría un temblor gustosísimo.

—Vamos á ver—le dijo el amigo,—he venido desde la otra parte del mundo sólo por echar un párrafo contigo. Ya sé que te pasan cosas muy raras. Tu tía... ¡Parece mentira que queriéndote tanto!... ¿Tú entiendes esto? Pues yo tampoco. Te aseguro que cuando lo vi, me quedé como quien ve visiones. Luego tu papá, empeñado en llevarte con la tía Quintina... ¿Sabes tú el porqué de estas cosas?

—Pues yo—opinó Luis con timidez, asombrándose de tener ideas propias ante la sabiduría eterna—creo que de todo lo que está pasando tiene la culpa el Ministro.