—¡El Ministro! (asombrado y sonriente).
—Sí, señor, porque si ese tío hubiera colocado á mi abuelo, todos estarían contentos y no pasaría nada.
—¿Sabes que me estás pareciendo un sabio de tomo y lomo?
—Mi abuelo furioso porque no le colocan y mi abuela lo mismo, y mi tía Abelarda también. Y mi tía Abelarda no puede ver á mi papá, porque mi papá le dijo al Ministro que no colocara á mi abuelo. Y como no se atreve con mi papá, porque puede más que ella, la emprendió conmigo. Después se puso á llorar... Dígame, ¿mi tía es buena ó es mala?
—Yo estoy en que es buena. Hazte cuenta que el achuchón de hoy fué de tanto como te quiere.
—¡Vaya un querer! Todavía me duele aquí, donde me clavó las uñas... Me tiene mucha tirria desde un día que le dije que se casara con mi papá. ¿Usted no sabe? Mi papá la quiere; pero ella no le puede ver.
—Eso sí que es raro.
—Como usted lo oye. Mi papá le dijo una noche que estaba enamoradísimo de ella, por lo fatal... ¿sabe? y que él era un condenado, y qué sé yo qué...
—¿Pero á ti quien te mete á escuchar lo que dicen las personas mayores?