—¡Vaya, vaya! ¡Qué cosas ocurren en tu casa! Se me figura que estás en lo cierto: el pícaro del Ministro tiene la culpa de todo. Si hubiera hecho lo que yo le dije, nada de esto pasaría. ¿Qué le costaba, en aquella casona tan llena de oficinas, hacer un hueco para ese pobre señor? Pero nada, no hacen caso de mí, y así anda todo. Verdad que tienen que atender á éste y al otro, y cuanto yo les digo, por un oído les entra y por otro les sale.

—Pues que le coloquen ahora... ¡vaya! Si usted va allá y lo manda pegando un bastonazo fuerte con ese palo en la mesa del Ministro...

—¡Quiá! No hacen caso. Pues si consistiera en bastonazos, por eso no había de quedar. Los doy tremendos, y como si no.

—Entonces, ¡contro! (envalentonado por tanta benevolencia), ¿cuándo le van á colocar?

—Nunca—declaró el Padre con serenidad, como si aquel nunca en vez de ser desesperante fuera consolador.

—¡Nunca! (no entendiendo que esto se dijera con tanta calma). ¡Pues estamos aviados!

—Nunca, sí, y te añadiré que lo he determinado yo. Porque verás: ¿para qué sirven los bienes de ese mundo? Para nada absolutamente. Esto, que tú habrás oído muchas veces en los sermones, te lo digo yo ahora con mi boca, que sabe cuanto hay que saber. Tu abuelito no encontrará en la tierra la felicidad.

—¿Pues dónde?

—Parece que eres bobo. Aquí, á mi lado. ¿Crees que no tengo yo ganas de traérmele para acá?

—¡Ah!... (abriendo la boca todo lo que abrirse podía). Entonces... eso quiere decir que mi abuelo se muere.