—¿Y si me lleva mi papá á la fuerza sin dejarme pensarlo?
—No sé... me parece que á la fuerza no te llevará. En último caso, haces lo que mande tu abuelo. Si él te dice: «Á casa de Quintina», te callas, y andando.
—¿Y si me dice que no?
—No vas. Pásate sin los altaritos, y entretanto, ¿sabes lo que haces? Le dices al amigo Murillo que te dé otra pasada de latín, de ese que él sabe, que te explique bien la misa y el vestido del cura, cómo se pone el cíngulo, la estola, cómo se preparan el cáliz y la hostia para la consagración... en fin, Murillito está muy bien enterado, y también puede enseñarte á llevar el Viático á los enfermos, y lo que se reza por el camino.
—Bueno... Murillo sabe mucho; pero su padre quiere que sea abogado. ¡Qué estúpido! Dice él que llegará á Ministro, y que se casará con una moza muy guapa. ¡Qué asco!
—Sí que es un asco.
—También Posturas tenía malas ideas. Una tarde nos dijo que se iba á echar una querida y á jugar á la timba. ¿Qué cree usted? Fumaba colillas y era muy mal hablado.
—Todas esas mañas se le quitan aquí.
—¿Dónde está que no le veo con usted?
—Todos castigados. ¿Sabes lo que me han hecho esta mañana? Pues entre Posturitas y otros pillos que siempre están enredando, me cogieron el mundo, ¿sabes?, aquel mundo azul que yo uso para llevarlo en la mano, y lo echaron á rodar, y cuando quise enterarme, se había caído al mar. Costó Dios y ayuda sacarlo. La suerte que es un mundo figurado, ¿sabes?, que no tiene gente, y no hubo que lamentar desgracias. Les di una mano de cachetes como para ellos solos. Hoy no me salen del encierro...