—Me alegro. Que la paguen. Y dígame, ¿dónde les encierra?
La celestial persona, dejándose tirar de las barbas, miraba sonriendo á su amigo, como si no supiera qué decir.
—¿Dónde les encierra?... á ver... diga...
La curiosidad de un niño es implacable, y ¡ay de aquel que la provoca y no la satisface al momento! Los tirones de barba debieron de ser demasiado fuertes, porque el bondadoso viejo, amigo de Luis, hubo de poner coto á tanta familiaridad.
—¿Que dónde les encierro?... Todo lo quieres saber. Pues les encierro... donde me da la gana. ¿Á ti qué te importa?
Pronunciada la última palabra, la visión desapareció súbitamente, y quedóse el buen Cadalso hasta la mañana, durante el sueño, atormentado por la curiosidad de saber dónde les encerraba... ¿Pero dónde diablos les encerraría?
XLI
No pareció Víctor en toda la noche; pero á la mañana, temprano, fué á reiterar la temida sentencia respecto á Luis, no cediendo ni ante las conminaciones de doña Pura, ni ante las lágrimas de Abelarda y Milagros. El chiquillo, afectado por aquel aparato luctuoso, se mostró rebelde á la separación; no quería dejarse vestir ni calzar; rompió en llanto, y Dios sabe la que se habría armado sin la intervención discreta de Villaamil, que salió de su alcoba diciendo: «Pues es forzoso separarnos de él, no atosigarle, no afligir á la pobre criatura». Asombrábase Víctor de ver á su suegro tan razonable, y le agradecía mucho aquel criterio consolador, que le permitiría realizar su propósito sin apelar á la violencia, evitando escenas desagradables. Milagros y Abelarda, viendo el pleito perdido, retiráronse á llorar al gabinete. Pura se metió en la cocina echando de su boca maldiciones contra los Cabreras, los Cadalsos y demás razas enemigas de su tranquilidad, y en tanto Víctor le ponía las botas á su hijo, tratando de llevársele pronto, antes que surgieran nuevas complicaciones.
—Verás, verás—le decía—qué cosas tan monas te tiene allí la tía Quintina: santos magníficos, grandes como los que hay en las iglesias, y otros chiquitos para que tú enredes con ellos; vírgenes con mantos bordados de oro, luna de plata á los pies, estrellas alrededor de la cabeza, tan majas... verás... Y otras cosas muy divertidas... candeleros, cristos, misales, custodias, incensarios...
—¿Y les puedo poner fuego y menearlos para que den olor?