—Sí, vida mía. Todo es para que tú te entretengas y vayas aprendiendo, y á los santos puedes quitarles la ropa para ver cómo son por dentro, y luego volvérsela á poner.

Villaamil se paseaba en el comedor oyendo todo esto. Como observara que Luis, después de aquel entusiasmo por el uso del incensario, volvió á caer en su morriña, gimoteando: «Yo quiero que la abuela me lleve y se esté allí conmigo», hubo de meter su cuarto á espadas en la catequización, y acariciándole, le dijo:

—Tienes allá también altares chicos con velitas y arañas de este tamaño, custodias así, casullitas bordadas, un sagrario que es una monada, una manga-cruz que la puedes cargar cuando quieras, y otras preciosidades... como, por ejemplo...

No sabía por dónde seguir, y Víctor suplió su falta de inventiva añadiendo:

—Y un hisopo de plata que echa agua bendita por todos lados, y, en fin, un cordero pascual...

—¿De carne?

—No, hombre... Digo, sí, vivo...

Para abreviar la penosa situación y acelerar el momento crítico de la salida, Villaamil ayudó á ponerle la chaqueta; pero aun no le habían abrochado todos los botones, cuando ¡Madre de Dios! sale doña Pura hecha una pantera y arremete contra Víctor, badila en mano, diciendo:

—¡Asesino, vete de mi casa! ¡No me robarás esta joya!... ¡Vete, ó te abro la cabeza!

Y lo mismo fué oir las otras Miaus aquella voz airada, salieron también chillando en la propia cuerda. En suma, que aquello se iba poniendo feo.