—Puesto que ustedes no quieren que sea por buenas, será por malas—dijo Víctor poniéndose á salvo de las uñas de las tres furias.—Pediré auxilio á la justicia. Él aquí no se ha de quedar. Conque ustedes verán...
Villaamil intervino, diciendo con voz conciliadora, sacada trabajosamente del fondo de su oprimido pecho:
—Calma, calma. Ya lo teníamos arreglado, cuando estas mujeres nos lo echan á perder. Váyanse para adentro.
—Eres un estafermo—le dijo la esposa, ciega de ira.—Tú tienes la culpa, porque si te pusieras de nuestra parte, entre todos habíamos ganado la partida.
—Cállate tú, loca, que harto sé yo lo que tengo que hacer. ¡Fuera de aquí todo el mundo!
Pero Luisito, viendo á sus tías y abuela tan interesadas por él, volvió á mostrar resistencia. Pura no se contentaba con menos que con sacarlo los ojos á su yerno, y aquello iba á acabar malamente. La suerte que aquel día estaba Villaamil tan razonable y con tal dominio de sí mismo y de la situación, que parecía otro hombre. Sin saber cómo, su respetabilidad se impuso.
—Mientras tú estés aquí—dijo á Víctor, sacándole con hábil movimiento de la cuna del toro, ó sea de entre las manos tiesas de doña Pura,—no adelantaremos nada. Vete, y yo te doy mi palabra de que llevaré á mi nieto á casa de Quintina. Déjame á mí, déjame... ¿No te fías de mi palabra?
—De su palabra sí, pero no de su capacidad para reducir á estos energúmenos.
—Yo los reduciré con razones. Descuida. Vete, y espérame allá.
Habiendo logrado tranquilizar á su yerno, entró en gran parola con la familia, agotando su ingenio en hacerles ver la imposibilidad de impedir la separación del chiquillo.