—¿No veis que si nos resistimos vendrá el propio juez á quitárnosle?

Media hora duró el alegato, y por fin las Miaus parecieron resignadas; convencidas, nunca.

—Lo primero que tenéis que hacer—les dijo, deseando alejarlas en el momento crítico de la salida,—es iros á la sala cantando bajito. Yo me entiendo con Luis. ¡Si él no va á dejar de querernos porque se vaya con Quintina!... y además, su padre me ha prometido que le traerá todos los días á vernos, y los domingos á pasar el día en casa...

Abelarda se retiró la primera, llorando, como quien se aparta de la persona agonizante para no verla morir. Después se fué Milagros, y finalmente Pura, quien no se hubiera resignado, á no domarla su esposo con este último argumento:

—Si porfiamos, vendrá el juez esta tarde. ¡Figúrate qué escena! Apuremos el cáliz, y Dios castigará al infame que nos le ofrece.

Solo con Luis, el abuelo estuvo á punto de perder su estudiada, dificilísima compostura, y echarse á llorar. Se tragó toda aquella hiel, invocando mentalmente al cielo con esta frase:

—Terrible es la separación, Señor, pero es indudable que estará mucho mejor allá, mucho mejor... Vamos, Ramón, ánimo, y no te amilanes.

Pero no contaba con su nieto, que, oyendo el gimoteo de las tías, volvió á las andadas, y cuando se acercaba el instante fiero de la partida, se afligió diciendo:

—Yo no quiero irme.

—No seas tonto, Luis—le amonestó el anciano.—¿Crees tú que si no fuera por tu bien te sacaríamos de casa? Los niños bonitos y dóciles hacen lo que se les manda. Y que no puedes tú figurarte, por mucho que yo te las pondere, las preciosidades que Quintina tiene allí para tu uso particular.