—¿Y puedo yo cogerlo todo para mí, y hacer con ello lo que me dé la gana?—preguntó el chiquillo con la ansiedad avariciosa que en la edad primera revela el egoísmo sin freno.
—¿Pues quién lo duda? Hasta puedes romperlo si te acomoda.
—No, romper no. Las cosas de la iglesia no se rompen—declaró el niño con cierta unción.
—Bueno... vamos ya... Saldremos calladitos para que no nos sientan ésas... y no se alboroten... Pues verás; entre otras cosas, hay una pilita bautismal, que es una monería; yo la he visto.
—Una pila... ¿con mucha agua bendita?
—Cabe tanta agua como en la tinaja de la cocina... Vamos (cargándoselo á cuestas). Mejor será que yo te lleve en brazos...
—¿Y esa pila es para bautizar personas?
—¡Claro!... Con ella puedes tú jugar todo lo que quieras, y de paso vas aprendiendo, para cuando seas cura, la manera de cristianar á un pelón.
Atravesó Villaamil con paso recatado el corredor y recibimiento, llevando á su nieto en brazos, y como durante la peligrosa travesía el chico prosiguiese con su flujo de preguntas, sin bajar la voz, el abuelo le puso una mano por tapaboca, susurrándole al oído: «Sí, puedes bautizar niños, todos los niños que quieras. Y también hay mitras á la medida de tu cabeza y capitas doradas y un báculo para que te vistas de obispín y nos eches bendiciones...»
Con esto franquearon la puerta, que Villaamil no cerró á fin de evitar el ruido. La escalera la bajó á trancos, como ladrón que huye cargando el objeto robado, y una vez en el portal, respiró y dejó su carga en el suelo: ya no podía más. No estaba él muy fuerte que digamos, ni soportaba pesos, aun tan livianos como el de su nietecillo. Temeroso de que Paca y Mendizábal cometiesen alguna indiscreción, esquivó sus saludos. La mujerona quiso decir algo á Luis, condoliéndose de su marcha; pero Villaamil anduvo más listo; dijo volvemos, y salió á la calle más pronto que la vista.