El temor de que Luis cerdease otra vez, le estimuló á reforzar en la calle sus mentirosas artimañas de catequista:
—Tienes allí tan gran cantidad de flores de trapo para altares, que sólo para verlas todas necesitas un año... y velas de todos colores... y la mar de cirios... Pues hay un San Fernando vestido de guerrero, con armadura, que te dejará pasmado, y un San Isidro con su yunta de bueyes, que parecen naturales. El altar chico para que tú digas tus misas es más bonito que el de Monserrat...
—Dime, abuelito, y confesionario, ¿no tengo?
—¡Ya lo creo!... y muy majo... con rejas, para que las mujeres te cuenten sus pecados, que son muchísimos... Te digo que vas á estar muy bien, y cuando crezcas un poquito, te encontrarás hecho cura sin sentirlo, sabiendo tanto como el padre Bohigas, de Monserrat, ó el propio capellán de las Salesas Nuevas, que ahora sale á canónigo.
—Y yo, ¿seré canónigo, abuelito?
—¿Pues qué duda tiene?... y obispo, y hasta puede que llegues á Papa.
—¿El Papa es el que manda en todos los curas?...
—Justamente... ¡Ah! también verás allí un monumento de Semana Santa, que lo menos tiene mil piezas, qué sé yo cuántas estatuas, todo blanco y como de alfeñique. Parece que acaba de salir de la confitería.
—¿Y se come, abuelo, se come?—preguntó Cadalsito, tan vivamente interesado en todo aquello, que su casa, su abuela y sus tías se le borraron de la mente.
—¿Quién lo duda? Cuando te canses de jugar le pegas una dentellada—respondió Villaamil, ya vuelto tarumba, pues su imaginación se agotaba, y no sabía de qué echar mano.