—Eso no puede ser.
Cadalsito alzó los hombros.
—«¿Y no temerías tú, si siguieras donde estabas, que mi hija se alborotase otra vez y te quisiera matar?
—No se alborotará—dijo Cadalsito con admirable sabiduría.—Ahora se casa y no volverá á pegarme.
—¿De modo que tú... no tienes miedo? Y entre la tía Quintina y nosotros, ¿qué prefieres?
—Prefiero... que vosotros viváis con la tía.
Ya tenía Villaamil abierta la boca para decirle: «Mira, hijo, todo eso que te he contado de los altaritos es música. Te hemos engañado para que no te resistieses á salir de casa»; pero se contuvo, esperando que el propio Luis esclareciese con alguna idea primitiva, sugerida por su inocencia, el problema tremendo. Cadalsito montó una pierna sobre la rodilla de su abuelo, y echándole una mano al hombro para sostenerse bien, se dejó decir:
—Lo que yo quiero es que la abuela y la tía Milagros se vengan á vivir con Quintina.
—¿Y yo?—preguntó el anciano, atónito de la preterición.
—¿Tú? Te diré. Ya no te colocan... ¿entiendes? ya no te colocan, ni ahora ni nunca.