—¿Por dónde lo sabes? (con el alma atravesada en la garganta).

—Yo lo sé. Ni ahora ni nunca... Pero maldita la falta que te hace.

—¿Cómo lo sabes? ¿Quién te lo ha dicho?

—Pues... yo... Te lo contaré; pero no lo digas á nadie... Veo á Dios... Me da así como un sueño, y entonces se me pone delante y me habla.

Tan asombrado estaba Villaamil, que no pudo hacer ninguna observación. El chico prosiguió:

—Tiene la barba blanca, es tan alto como tú, con un manto muy bonito... Me dice todo lo que pasa... y todo lo sabe, hasta lo que hacemos los chicos en la escuela...

—¿Y cuándo le has visto?

—Muchas veces: la primera en las Alarconas, después aquí cerca, y en el Congreso y en casa... Me da primero como un desmayo, me entra frío, y luego viene él y nos ponemos á charlar... ¿Qué, no lo crees?

—Sí, hijo, sí lo creo (con emoción vivísima); ¿pues no lo he de creer?

—Y anoche me dijo que no te colocarán, y que este mundo es muy malo, y que tú no tienes nada que hacer en él, y que cuanto más pronto te vayas al cielo, mejor.