—Mira tú lo que son las cosas: á mí me ha dicho lo mismo.

—¿Pero tú le ves también?

—No, tanto como verlo... no soy bastante puro para merecer esa gracia... pero me habla alguna vez que otra.

—Pues eso me dijo... Que morirte pronto es lo que te conviene, para que descanses y seas feliz.

El estupor de Villaamil fué inmenso. Eran las palabras de su nieto como revelación divina, de irrefragable autenticidad.

—¿Y á ti qué te cuenta el Señor?

—Que tengo que ser cura... ¿ves? lo mismo, lo mismito que yo deseaba... y que estudie mucho latín y aprenda pronto todas las cosas...

La mente del anciano se inundó, por decirlo así, de un sentido afirmativo, categórico, que excluía hasta la sombra de la duda, estableciendo el orden de ideas firmísimas á que debía responder en el acto la voluntad con decisión inquebrantable.

—Vamos, hijo, vamos á casa de la tía Quintina—dijo al nieto, levantándose y cogiéndole de la mano.

Le llevó aprisa, sin tomarse el trabajo de catequizarle con descripciones hiperbólicas de juguetes y chirimbolos sacro-recreativos. Al llamar á la puerta de Cabrera, Quintina en persona salió á abrir. Sentado en el último escalón, Villaamil cubrió de besos á su nieto, entrególe á su tía paterna, y bajó á escape sin siquiera dar á ésta los buenos días. Como al bajar creyese oir la voz del chiquillo que gimoteaba, avivó el paso y se puso en la calle con toda la celeridad que sus flojas piernas le permitían.