En aquel tiempo estaba el abuelito en Cuba, y no vivía la familia en la calle de Quiñones. Recordó también que las iras de las Miaus recaían sobre una persona que entonces desapareció de la casa, para no volver á ella hasta la ocasión que ahora se refiere. Aquel hombre era su padre. No se atrevió Luis á pronunciar el cariñoso nombre; de mal humor dijo: «Suéltame». Y el sujeto aquél llamó.
Cuando doña Pura, al abrir la puerta, vió al que llamaba, acompañado de su hijo, quedóse un instante como quien no da crédito á sus ojos. La sorpresa y el terror se pintaban en su semblante... después contrariedad. Por fin murmuró: «¿Víctor... tú?»
Entró saludando á su suegra con cierta emoción, de una manera cortés y expresiva. Villaamil, que tenía el oído muy fino, se estremeció al reconocer desde su despacho la voz aquélla. «¡Víctor aquí... Víctor otra vez en casa! Este hombre nos trae alguna calamidad». Y cuando su yerno entraba á saludarle, el rostro tigresco de D. Ramón se volvió espantoso, y le temblaba la mandíbula carnicera, indicando como un prurito de ejercitarla contra la primera res que se le pusiera delante. «¿Pero cómo estás aquí? ¿Has venido con licencia?», fué lo único que dijo.
Víctor Cadalso sentóse frente á su suegro. El quinqué les separaba, y su luz, iluminando los dos rostros, hacía resaltar el vivo contraste entre una y otra persona. Era Víctor acabado tipo de hermosura varonil, un ejemplar de los que parecen destinados á conservar y transmitir la elegancia de formas en la raza humana, desfigurada por los cruzamientos, y que por los cruzamientos, reflujo incesante, viene de vez en cuando á reproducir el gallardo modelo, como para mirarse y recrearse en el espejo de sí misma, y convencerse de la permanencia de los arquetipos de hermosura, á pesar de las infinitas derivaciones de la fealdad. El claro-obscuro producido por la luz de la lámpara modelaba las facciones del guapo mozo. Tenía nariz de contorno puro, ojos negros, de ancha pupila, cuya expresión variaba desde el matiz más tierno hasta el más grave, á voluntad. La frente pálida tenía el corte y el bruñido que en escultura sirve para expresar nobleza.—Esta nobleza es el resultado del equilibrio de piezas cranianas y de la perfecta armonía de líneas.—El cuello robusto, el pelo algo desordenado y de azabache, la barba obscura también y corta, completaban la hermosa lámina de aquel busto, más italiano que español. La talla era mediana, el cuerpo tan bien proporcionado y airoso como la cabeza; la edad debía de andar entre los treinta y tres ó los treinta y cinco. No supo responder terminantemente á la pregunta de su suegro, y después de titubear un instante, se aplomó y dijo:
—Con licencia no... es decir... he tenido un disgusto con el jefe. Salí sin dar cuenta á nadie. Ya conoce usted mi carácter. No me gusta que nadie juegue conmigo... Ya le contaré. Ahora vamos á otra cosa. Llegué esta mañana en el tren de las ocho, y me metí en una casa de huéspedes de la calle del Fúcar. Allí pensaba quedarme. Pero estoy tan mal, que si ustedes (doña Pura se hallaba todavía presente) no se incomodan, me vendré aquí por unos días, nada más que por unos días.
Doña Pura se echó á temblar, y corrió á transmitir la fatal nueva á su hermana y á su hija. «¡Se nos mete aquí! ¡Qué horror de hombre! Nos ha caído que hacer».
—Aquí estamos muy estrechos—objetó Villaamil con cara cada vez más fiera y tenebrosa.—¿Por qué no te vas á casa de tu hermana Quintina?
—Ya sabe usted—replicó—que mi cuñado Ildefonso y yo estamos así... un poco de punta. Con ustedes me arreglo mejor. Yo les prometo ser pacífico y razonable, y olvidar ciertas cosillas.
—Pero, en resumidas cuentas, ¿sigues ó no en tu destino de Valencia?
—Le diré á usted... (mascando las primeras palabras, pero discurriendo al fin una respuesta que disimulase su perplejidad). Aquel Jefe Económico es un trapisonda... Se empeñó en echarme de allí, y ha intentado formarme expediente. No conseguirá nada; tengo yo más conchas que él.