Villaamil dió un suspiro, tratando de descifrar por la fisonomía de su yerno el misterio de su intempestiva llegada. Pero sabía por experiencia que la cara de Víctor era impenetrable y que, histrión consumado, expresaba con ella lo que mas convenía a sus fines.

—¿Y qué te parece tu hijo?—le preguntó al ver entrar á Pura con Luisín.—Está crecido, y le vamos defendiendo la salud, Delicadillo siempre, por lo cual no queremos apretarle para que estudie.

—Tiempo tiene—dijo Cadalso, abrazando y besando al niño.—Cada día se parece más á su madre, á mi pobre Luisa. ¿Verdad?

Al anciano se le humedecieron los ojos. Aquella hija malograda en la flor de la edad, fué todo su amor. El día de su temprana muerte, Villaamil envejeció de un golpe diez años. Siempre que alguien la nombraba en la casa, el pobre hombre sentía renovada su aflicción inmensa, y si quien la nombraba era Víctor, al pesar se mezclaba la repugnancia que inspira el asesino condoliéndose de su víctima después de inmolada. Á doña Pura también se le abatieron los espíritus al ver y oir al que fué esposo de su querida hija. Luis se entristeció, más bien por rutina, pues había notado que cuando alguien pronunciaba en la casa el nombre de su mamá, todos suspiraban y se ponían muy serios.

Víctor, llevando á su hijo, pasó á saludar á Milagros y á Abelarda. Aquélla le aborrecía de todo corazón, y respondió á su saludo con desdeñosa frialdad. La cuñadita se metió en su cuarto al sentirle; luego salió, y su color, siempre malo, era como el color de una muerta. Le temblaba la voz; quiso afectar el mismo desdén de su tía hacia Víctor; éste la apretaba la mano. «¿Ya estás aquí otra vez, perdido?», balbuceó ella, y sin sabor qué hacer se volvió á meter en el aposento.

Entretanto Villaamil, aprensivo y sobresaltado, se desperezaba en su asiento como si quisiera crucificarse, y decía á su mujer:

—Este hombre traerá hoy la desgracia á nuestra casa como la ha traído siempre. Y si no, tú lo has de ver. Cuando le sentí la voz, creí que el infierno se nos metía por las puertas. Maldita sea la hora (exaltándose y dejando caer con ruidosa pesadumbre las palmas de las manos sobre la mesa) en que este hombre entró en mi casa por vez primera; maldita la hora en que nuestra querida hija se prendó de él, y maldito el día en que les casamos... porque ya no tenía remedio. ¡Ojalá viviera mi hija deshonrada, ojalá!... ¡Qué estúpido afán de casar á las hijas sin saber con quién! ¡Ah! Pura, mucho cuidado con ese danzante; no te fíes. Tiene el arte de adornar su perversidad con palabras que, al pronto, emboban y seducen. Á mí no me la da, no; á mí me engañó una vez sola. Pero pronto le calé, y ahora me pongo en guardia, porque es el hombre más malo que Dios ha echado al mnundo.

—¿Pero no ha dicho á qué viene? ¿Le han dejado cesante? De seguro ha hecho alguna pillada y viene á que tú se la tapes.

—¡Yo! (espantado y echando los ojos fuera del casco). ¡Como no se la tape el moro Muza! Á buena parte viene...

Llegada la hora de comer, Víctor, sentándose á la mesa con la mayor frescura, hubo de permitirse ciertos alardes de conversación jocosa. Todos le miraban con hostilidad, esquivando los temas joviales que quería sacar á relucir. Á ratos se ponía ceñudo y receloso; pero á la manera de un actor que recobra su papel momentáneamente olvidado, tomaba la estudiada actitud bonachona y festiva. Luego reapareció la dificultad grave. ¿Dónde le ponían? Y doña Pura, sofocada ante la imposibilidad de alojar al intruso, se plantó diciéndole:—No, no puede ser, Víctor; ya ves que no hay medio de tenerte en casa.