Despierto, tenían más miga los sueños de Cadalso, porque toda la vida se la llevaba pensando en riquezas que no tenía, en honores y poder que deseaba, en mujeres hermosas, cuyas seducciones no le eran desconocidas, en damas elegantes y de alta alcurnia que con ardentísima curiosidad anhelaba tratar y poseer, y esta aspiración á los supremos goces de la vida le traía siempre intranquilo, vigilante y en acecho. Devorado por el ansia de introducirse en las clases superiores de la sociedad, creía tener ya en las manos un cabo y el primer nudo de la cuerda por donde otros menos audaces habían logrado subir. ¿Cuál era este nudo? Ved aquí un secreto que por nada del mundo revelaría Cadalso á sus vulgarísimos y apocados parientes los de Villaamil.

XII

Apareciósele muy temprano la figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico, por otro nombre doña Pura, quien le acometió con el arma cortante de su displicencia, agravada por la mala noche que un dolorcillo de muelas le hizo pasar. «Ea, despejarme el comedor. Ve á lavarte á mi cuarto, que tenemos precisión de barrer aquí. Lárgate pronto si no quieres que te llenemos de polvo». Apoyaba esta admonición, de una manera más persuasiva, la segunda Miau, que se presentó escoba en mano.

—No se enfade usted, mamá. (Á doña Pura le cargaba mucho que su yerno la llamase mamá.) Desde que está usted hecha una potentada, no se la puede aguantar. ¡Qué manera de tratar á este infeliz!

—Eso es, búrlate... Es lo que te faltaba para acabar de conquistarnos. ¡Y que tienes el don de la oportunidad! Siempre te descuelgas por aquí cuando estamos con el agua al cuello.

—¿Y si dijera que precisamente he venido creyendo ser muy oportuno? Á ver... ¿qué respondería usted á esto? Porque no conviene despreciar á nadie, querida mamá, y se dan casos de que el huésped molesto nos resulte Providencia de la noche á la mañana.

—Buena Providencia nos dé Dios (siguiéndole hacia el cuarto donde Víctor pensaba lavarse). ¿Qué quieres decir? ¿que vas á apretar la cuerda que nos ahorca?

—Tanto como está usted chillando ahí (con zalamería), y todavía soy hombre para convidarla á usted á palcos por asiento.

—Ninguna falta nos hacen tus palcos... ¡Ni qué has de convidar tú, si siempre te he conocido más arrancado que el Gobierno!

—Mamá, mamá, por Dios, no rebaje usted tanto mi dignidad. Y sobre todo, el que yo sea pobre no es motivo para que se dude de mi buen corazón.