—Déjame en paz. Ahí te quedas. Despacha pronto.

—Prefiero ver delante de mí el puñal del asesino á ver malas caras. (Deteniéndola por un brazo.) Un momento. ¿Quiere usted que pague mi hospedaje?

Sacó su cartera en el mismo instante, y á doña Pura se le encandilaron los ojos viendo que abultaba y que el bulto lo hacía un grueso manojo de billetes de Banco.

—No quiero ser gravoso (dándole un billete de 100 pesetas). Tome usted, querida mamá, y no juzgue mis intenciones por la insuficiencia de mis medios.

—Pues no creas... (echando la zarpa al billete como si éste fuera un ratón), no creas que voy á llevar mi delicadeza hasta lo increíble, rechazando con indignación tu dinero, á estilo de teatro. No estamos ahora para escrúpulos ni para indignaciones cursis. Lo tomo, sí, lo tomo, y voy á pagar con él una deuda sagrada, y además, nos viene bien para...

—¿Para qué?

—Déjame á mí. ¿Quién no tiene sus secretillos?

—Y un hijo, un hijo cariñoso, ¿no merece ser depositario de esos secretos? Gracias por la confianza que merezco. Yo creí que me apreciaban más. Querida mamá, aunque usted no me considere de la familia, yo no puedo desprenderme de ella. Mándeme usted que no los quiera, y no obedeceré... En otra parte puedo entrar con indiferencia, poro en esta casa no; y cuando en ella noto síntomas de estrechez, aunque usted me lo prohiba, me tengo que afligir... (poniéndole cariñosamente la mano en el hombro). Simpática suegra, no me gusta que papá ande sin capa.

—¡Pobrecito!... y ¡qué le hemos de hacer!... Su situación viene siendo muy triste hace tiempo. La cesantía va estirando más de lo que creíamos. Sólo Dios y nosotras sabemos las amarguras que en esta casa se pasan.

—Menos mal si el remedio viene, aunque sea de la persona á quien no se estima (dándole otro billete de igual cantidad, que doña Pura se apresura á recoger).