—Gracias... No es que no te estimemos; es que tú...
—He sido malo, lo confieso (patéticamente); reconocerlo es señal de que ya no lo soy tanto. Tengo mis defectos como cada quisque; pero no soy empedernido, no está mi corazón cerrado á la sensibilidad, ni mi entendimiento á la experiencia. Yo seré todo lo malo que usted quiera; pero, en medio de mi perversidad, tengo una manía, vea usted... no tolero que esta familia, á quien tanto debo, pase necesidades. Me da por ahí... llámelo usted debilidad ó como quiera (dándole un tercer billete con gallardía generosa, sin mirar la mano que lo daba). Mientras yo gane un real, no consiento que el padre de mi pobre Luisa vista indecorosamente, ni que mi hijo ande desabrigado.
—Gracias, Víctor, gracias (entre conmovida y recelosa).
—No tiene usted por qué darme las gracias. No hay mérito ninguno en cumplir un deber sagrado. Se me ocurre que podría usted tomar hasta dos mil reales, porque no serán una ni dos las cosas que se han ido á Peñaranda.
—Rico estás... (con escama de si serían falsos los billetes).
—Rico, no... Ahorrillos. En Valencia se gasta poco. Se encuentra uno con economías sin notarlo. Y repito que si usted me habla de agradecimiento, me incomodo. Yo soy así. ¡He variado tanto! Nadie sabe la pena que siento al recordar los malos ratos que he dado á ustedes, y sobre todo á mi pobre Luisa (con emoción falsa ó verdadera, pero tan bien expresada, que á doña Pura se le humedecieron los ojos). ¡Pobre alma mía! ¡Que no pueda yo reparar los agravios que aquella santa recibió de mí! ¡Que no pueda yo resucitarla para que vea mi corazón mudado, aunque luego nos muriéramos los dos! (Dando un gran suspiro.) Cuando la muerte se interpone entro la culpa y el arrepentimiento, no tiene uno ni el amargo consuelo de pedir perdón á quien ha ofendido.
—¡Cómo ha de ser! No pienses ahora en cosas tristes. ¿Quieres otra toalla? Aguarda. Y si necesitas agua caliente, te la traeré volando.
—No; nada de molestarse por mí. Pronto despacho, y en seguida iré á traer mi equipaje.
—Pues si se te ocurre algo, llamas... La campanilla no hay quien la haga sonar. Te asomas á la puerta y me das una voz.
Aquel hombre, que sabía desplegar tan variados recursos de palabra y de ingenio cuando se proponía mortificar á alguien, ya con feroz sarcasmo, ya hiriendo con delicada crueldad las fibras más irritables del corazón, entendía maravillosamente el arte de agradar, cuando entraba en sus miras. Á doña Pura no la cogían de nuevas las demostraciones insinuantes de su yerno; pero esta vez, sea porque fuesen acompañadas de la donación en metálico, sea porque Víctor extremara sus zalamerías, la pobre señora le tuvo por moralmente reformado ó en camino de ello siquiera. Corridas algunas horas, no pudo la Miau ocultar á su cónyuge que tenía dinero, pues el disimular las riquezas era cosa enteramente incompatible con el carácter y los hábitos de doña Pura. Interrogóla Villaamil sobre la procedencia de aquellos que modestamente llamaba recursos, y ella confesó que se los había dado Víctor, por lo cual se puso D. Ramón muy sobresaltado, y empezó á mover la mandíbula con saña, soltando de su feroz boca algunos vocablos que asustarían á quien no le conociera.