—¡Pero qué simple eres!... Si no me ha dado más que una miseria. ¿Pues qué querías tú, que le mantenga yo el pico? Bonitos estamos para eso. Le he acusado las cuarenta... clarito, clarito. Si se empeña en estar aquí, que contribuya á los gastos de la casa. ¡Bah! ¡qué cosas dices! Que ha defraudado al Tesoro. Falta probarlo... serán cavilaciones tuyas. ¡Vaya usted á saber! Y en último caso, ¿es eso motivo para que viva á costa nuestra?
Villaamil calló. Tiempo hacía que estaba resignado á que su señora llevase los pantalones. Era ya achaque antiguo que cuando Pura alzaba el gallo, bajase él la cabeza fiando al silencio la armonía matrimonial. Recomendáronle, cuando se casó, este sistema, que cuadraba admirablemente á su condición bondadosa y pacífica. Por la tarde volvió doña Pura á la carga, diciéndole: «Con este poco de barro hemos de tapar algunos agujeros. Ve pensando en hacerte ropa. Es imposible que consiga nada el que se presenta en los Ministerios hecho un mendigo, los tacones torcidos, el sombrero del año del hambre, y el gabán con grasa y flecos. Desengáñate: á los que van así nadie les hace caso, y lo más á que pueden aspirar es á una plaza en San Bernardino. Y como ahora te han de colocar, también necesitas ropa para presentarte en la oficina.
—Mujer, no me marees... No sabes el daño que me haces con esa confianza de que no participo; al contrario, yo nada espero.
—Pues sea lo que sea; si te colocan, porque sí, y si no, porque no, necesitas ropa. El traje es casi casi la persona, y si no te presentas como Dios manda, te mirarán con desprecio, y eres hombre perdido. Hoy mismo llamo al sastre para que te haga un gabán. Y el gabán nuevo pide sombrero, y el sombrero botas.
Villaamil se asustó de tanto lujo; pero cuando Pura adoptaba el énfasis gubernamental, no había medio de contradecirla. Ni se le ocultaba lo bien fundado de aquellas razones, y el valor social y político de las prendas de vestir; y harto sabía que los pretendientes bien trajeados llevan ya ganada la mitad de la partida. Vino, pues, el sastre llamado con urgencia, y Villaamil se dejó tomar las medidas, taciturno y fosco, como si más que de gabán fuesen medidas de mortaja.
Con la entrada del sastre, tuvieron Paca y su marido comidilla para todo el resto del día y parte de la noche.—¿No sabes, Mendizábal? Ha entrado también un sombrero nuevo. Desde que estamos en esta casa, y va para quince años, no he visto entrar más chisteras nuevas que la de hoy y la que estrenó D. Basilio Andrés de la Caña, el que vivió en el tercero, á los pocos días de venir Alfonso. ¿Será que va á haber revolución?
—No me extrañaría—dijo Mendizábal,—porque ese Cánovas ha perdido los papeles. El periódico dice que hay crisis.
—Debe de haberla, y será que van á subir los de D. Ramón. Tú, ¿quiénes son los del señor Villaamil?
—Los del Sr. Villaamil son las ánimas benditas... (echándose á reir). ¿Conque cobertera nueva y ropa maja? Pues mira, mujer, en vista de ese lujo... asiático, voy á subir ahorita mismo con los recibos atrasados, por si pagan todo ó parte de lo que deben. Á esta gente es menester acecharla, para cogerla en el momento económico, ¿me entiendes?, en el ínterin, como quien dice, de tener dinero, que es ni visto ni oído.
Miraba el memorialista á su perro, el cual parecía decirle con su expresiva geta: «Arriba, mi amo, y no se descuide, que ahora tienen guita. Vengo de allí y están como unas pascuas. Por más señas, que han traído un salchichón italiano, gordo como mi cabeza, y que huele á gloria divina».