—Bien sabes tú que esto no lo es (poniéndose muy serio). Hace dos años, una noche, cuando vivíais en Chamberí, te dije: «Abelardilla, me gustas. Siento que el alma se me desmigaja cuando te veo...» ¿Á que no te acuerdas? Tú me contestaste que... No sé cómo fué la contestación; pero venía á significar que si yo te quería, tú... también.
—¡Ay, qué embustero!... ¡Quita allá! Yo no dije tal cosa.
—Entonces, ¿lo soñé yo?... Como quiera que sea, después te enamoraste locamente de esa preciosidad de Ponce.
—Yo... enamorarme... Tú estás malo.. Pues sí, pongamos que me enamoré. ¿Y á ti qué te importa?
—Me importa, porque en cuanto yo me enteré de que tenía un rival, volví mi corazón hacia otra parte. Para que veas lo que es el destino de las personas: hace dos años estuvimos casi á punto de entendernos; hoy la desviación es un hecho. Yo me fuí, tú te fuiste, nosotros nos fuimos. Y al encontrarnos otra vez, ¿qué pasa? Yo estoy en una situación muy rara con respecto á ti. El corazón me dice: «enamórala», y en el mismo momento sale, no sé de dónde, otra voz que me grita: «mírala y no la toques».
—¿Qué me importa á mí nada de eso (ahogándose), si yo no te quiero á ti ni pizca ni te puedo querer?
—Lo sé, lo sé... No necesitas jurármelo. Hemos convenido en que no tiene el diablo por dónde desecharme. Me aborreces, como es lógico y natural. Pues mira tú lo que son las cosas. Cuando una persona me aborrece, á mí me dan ganas de quererla, y á ti te quiero, porque me da la gana, ya lo sabes, ea... y ole morena, como dice tu papá.
—¡Qué cosas tienes!... ¡Ay, qué tonto! (proponiéndose estar seria, y echándose á reir).
—No, si yo no te engaño ni te engañaré nunca. Créasla ó no la creas, allá va la verdad. Te quiero y no debo quererte, porque eres demasiado angelical para mí. No puedes ser mía sino por el matrimonio, y el matrimonio, esa máquina absurda que sólo funciona bien para las personas vulgares, no nos sirve en estos momentos. Bueno ó malo, como tú quieras suponerme, tengo, aunque parezca inmodestia, una misión que cumplir: aspiro á algo peligroso y difícil, para lo cual necesito ante todo libertad; corro desalado hacia un fin, al cual no llegaría si no fuera solo. Acompañado me quedaré á la mitad del camino. Adelante, adelante siempre (con afectación teatral). ¿Qué impulso me arrastra? La fatalidad, fuerza superior á mis deseos. Vale más estrellarse que retroceder. No puedo volver atrás ni llevarte conmigo. Temo envilecerte. Y si tuvieras la inmensa desgracia de ser mujer de este miserable... (cerrando los ojos y extendiendo la mano como para apartar una sombra). No, rechacemos con energía semejante idea... Te quiero lo bastante para no traerte jamás á mi lado. Si algún día... (con sonsonete declamatorio), si algún día me alucino y cometo la torpeza insigne de decirte que te amo, de pedirte tu amor, despréciame; no te dejes llevar de tu inmensa bondad; arrójame de ti como á un animal dañino, porque más te valiera morir que ser mía.
—Pero di, ¿te has propuesto marearme? (trémula y disimulando su turbación con la tentativa frustrada de enhebrar una aguja). ¿Qué disparates son esos que me dices? Si yo no he de... hacerte caso... ¿Á qué viene eso de que me mate ó que me muera ó que me lleven los demonios?