—Ya sé que no me quieres. Lo único que te pido, y te lo pido como un favor muy grande, es que no me aborrezcas, que me tengas compasión. Déjame á mí, que yo me entiendo solo, guardando con avaricia estas ideas para consolarme con ellas. En medio de mis desgracias, que tú no conoces, tengo un alivio, y es saber vivir en lo ideal y fortificar mi alma con ello. Tu destino es muy diferente al mío, Abelarda. Sigue tu senda, que yo voy por la mía, llevado de mi fiebre y de la rapidez adquirida. No contrariemos la fatalidad que todo lo rige. Quizás no volvamos á encontrarnos. Antes de que nos separemos, te voy á dar un consejo: si Ponce no te es desagradable, cásate con él. Basta con que no te sea desagradable. Si no te gusta, si no encuentras otro que tenga los ojos menos húmedos, renuncia al matrimonio... Es el consejo de quien te quiere más de lo que tú piensas... Renuncia al mundo, entra en un convento, conságrate á un ideal y á la vida contemplativa. Yo no tengo la virtud de la resignación, y si no consigo llegar á donde pienso, si mi sueño se convierte en humo, me pegaré un tiro.
Lo dijo con tanta energía y tal acento de verdad, que Abelarda se lo creyó, más impresionada por aquel disparate que por los otros que acababa de oir.
—No harás tal. ¡Matarte! Eso sí que no me haría gracia... (cazando al vuelo una idea). Pero ¡quiá! todo eso de la desesperación y el tirito es porque tienes por ahí algún amor desgraciado. Alguien habrá que te atormenta. Bien merecido lo tienes, y yo me alegro.
—Pues mira, hija (variando de registro), lo has dicho en broma, y quizás, quizás aciertes...
—¿Tienes novia? (fingiendo indiferencia).
—Novia, lo que se dice novia... no.
—Vamos, algún amor.
—Llámalo fatalidad, martirio...
—Dale con la dichosa fatalidad... Di que estás enamorado.
—No sé qué responderte (afectando una confusión bonita y muy del caso). Si te digo que sí, miento; y si te digo que no, miento también. Y habiéndote asegurado que te quiero á ti, ¿en qué juicio cabe la posibilidad de interesarme por otra? Todo ello se explicará distinguiendo entre un amor y otro amor. Hay un cariño santo, puro y tranquilo, que nace del corazón, que se apodera del alma y llega á ser el alma misma. No confundamos este sentimiento con las ebulliciones enfermizas de la imaginación, culto pagano de la belleza, anhelo de los sentidos, en el cual entra también por mucho la vanidad, fundada en la jerarquía de quien nos ama. ¿Qué tiene que ver esta desazón, accidente y pasatiempo de la vida, con aquella ternura inefable que inspira al alma deseo de fundirse con otra alma, y á la voluntad el ansia del sacrificio...?