—Don Víctor—indicó Ponce con su habitual insipidez,—si está usted envidioso, con su pan se lo coma.

—¿Envidioso? No negaré que lo estoy. Mentiría si otra cosa dijese.

—Pues rabia, pues rabia.

—Papá, papá—chilló Luisito, empeñado en que Víctor volviera la cabeza hacia donde él estaba, y poniéndole la mano en la cara para obligarlo á que lo mirase.—¿De qué parte es este que tiene un señor con bigotes muy largos?

—¿Pero no lo vos, hijo? Es de Italia... Pues sí que estoy envidioso. Ésta me dice que rabie, y no tongo inconveniente en rabiar y aun en morder. Porque cuando veo dos que se quieren bien, dos que resuelven el problema del amor y allanan todas las dificultades, y caminito, caminito de la dicha, llegan hasta el matrimonio, me muero de envidia. Para mí, créanlo ó no lo crean, ustedes han resuelto el problema. Yo miro en esta parejita lo que nunca podré alcanzar. Ustedes no tienen ambición, ustedes se contentan con una vida pacífica y modesta, estimándose y queriéndose sin fiebre ni locuras de esas... Ustedes no tendrán mucho parné, pero no carecerán del puchero; ustedes, sin ser santos, reúnen bastante virtud para recrearse el uno en el otro... ¿Qué más se puede desear?... ¡Ah! ínclito Ponce, usted la ha sabido entender; ha sabido elegir... y ella también, esta pícara, que parece que no rompe un plato, ha metido la mano en el cesto y ha sacado la fruta mejor. Yo me felicito, ¿pues no me he de felicitar? Pero eso no quita que tenga mi pelusa, como cualquier hijo de vecino, porque me contemplo en situación tan distinta, ay! tan distinta... Daría todo cuanto tengo, cuanto espero, por una cosa. ¿Á que no lo adivinan?

Con repentina intuición, Abelarda le vió venir y temblaba.

—Pues yo daría todo por ser el ínclito Ponce. Créanlo ustedes ó no lo crean, esta es la verdad. ¿Quiere usted cambiarse, Ponce amigo?

—Francamente, si en el cambio me quedo con la dama, no hay inconveniente ninguno.

—¡Oh! eso no, porque cabalmente ahí está la tostada. Yo daría sangre de las venas por echar mi anzuelo en el mar de la vida con el cebo de una declaración amorosa y pescar una Abelarda. Es una ambición que me curaría de las demás.

—Papá, papá (tirándole de la nariz para que volviera la cara hacia él). ¿Y esto que tiene una cotorra?