—Guatemala... Déjame, hijo... No aspiro á más. Una Abelardita que me mime, y con tal compañía lo arrostro todo. Con una como ésta me casaría yo por puertas, es decir, sin una mota. No faltaría el garbanzo. Prefiero con ella un pedazo de pan solo, á todas las riquezas del mundo. Porque ¿dónde se encuentra un carácter tan dulce, un corazón tan tierno, una mujer tan hacendosita, tan...
—Don Víctor, que se corre usted mucho (con tentativas de humorismo, enteramente frustradas). Que es mi novia, y tantos piropos me van á dar celos...
—Aquí no se traía de celos... Á buena parte viene usted... ¿Ésta, ésta?... Ésta es segura, amigo; lo quiere á usted con el alma y con la vida. Ya podían acudir todos los reyes y príncipes del orbe á disputársela á su Ponce adorado. ¿Pues se figura usted que si no lo creyera yo así no lo habría puesto los puntos? La caridad bien ordenada empieza por uno mismo. Si yo llego á concebir tanto así de esperanzas, ¿piensa que no me alzo con el santo y la limosna? Pero, ¡quiá!, á otra puerta... Mírela usted: al que le hablo de cambiar á su Poncecito por otro, le tira los trastos á la cabeza... Véala usted con esa cara que parece un enigma, con esa sonrisita que parece postiza; cualquiera se atreve á decirle algo.
—Vamos, D. Víctor—objetó Ponce con mucha saliva en la boca,—que cuando usted habla así, es porque ha tenido sus pretensiones... y ha sacado lo que el negro del sermón.
—No hagas caso, tontín—dijo Abelarda muy inquieta, sonriendo violentamente, y con más gana de llanto que de broma.—¿No ves que se está quedando contigo?
—Que se quede. Lo que hay es que Abelarda es formal, y una vez dada su palabra, no hay quien la apee. Nosotros nos comprendimos en cuanto nos tratamos; nuestros caracteres ajustan perfectamente, y si yo estoy cortado para ella, ella está cortadita para mí.
—Poco á poco, caballero Ponce (poniéndose muy serio, como siempre que elevaba al grado heroico sus crueles bromas), usted estará cortado para quien guste, no me meto en eso. Pero lo que es Abelarda, lo que es Abelarda...
Ponce le miró serio también, esperando el final de la frase, y la insignificante bajó la vista hacia su labor de costura.
—Digo que lo que es ella no está, cortada para usted. Y lo sostendré contra todo el que opine lo contrario. La verdad por delante. Ella le quiere á usted, lo reconozco; pero en cuanto al corte... Es mucho corte el suyo; hablo del corte moral y también del físico, sí, señor, también del físico. ¿Quiere usted que lo diga claro? Pues para quien está cortada Abelarda es para mí... Para mí; y no hay que tomarlo á ofensa. Para mí, aunque á usted le parezca un disparate. ¡Si usted no puede juzgarla como yo, que la conocí siendo una muñeca todavía!... Y, además, usted no me ha tratado á mí lo bastante para saber si congeniamos ó no... Ya sé que estoy hablando de una cosa imposible; ya sé que tengo la culpa de haber llegado tarde; ya sé que usted me cogió la delantera, y no hemos de reñir... Pero en cuanto á conocer el mérito de quien lo tiene; en cuanto á deplorar que tantas dotes no sean para mí, lo que es en eso (marcando la frase con la mayor formalidad y en tono oratorio), ¡ah! lo que es en eso, no cedo ni puedo ceder.
—No le hagas caso, déjale—indicó Abelarda á su novio, que empezaba á enfurruñarse.