—Amigo D. Víctor, todo eso podrá ser verdad, poro no viene muy al caso.

—Parece que se amostaza usted, ínclito Ponce. Sépase que yo soy muy leal. Reconozco que se ha ganado usted lo que á mi parecer debió ser mío. (Patéticamente.) Bien ganado está. Ha sido en buena lid. Lo que he perdido, lo he perdido por mi culpa. No me quejo. Seremos amigos, siempre amigos. Vengan esos cinco.

—¡Ah, este D. Víctor, qué cosas tiene! (dejándose apretar la mano).

Con otro que no fuera Ponce, bien se libraría Cadalso de emplear lenguaje tan impertinente; pero ya sabía él con quién trataba. El novio estaba amoscadillo, y Abelarda no sabía qué pensar. Para burla, le parecía demasiado cruel; para verdad, harto expresiva. Mucho le pesó á Ponce tener que marcharse: presumía que Víctor continuaría hablando á la chica en el mismo tono, y, francamente, Abelarda era su novia, su prometida, y aquel cuñadito hospedado bajo el propio techo principiaba á inquietarle. El pillete de Cadalso, conociendo la turbación del crítico, en el momento de despedirse le sacudió mucho la diestra, repitiendo:

—Leal, soy muy leal... Nada hay que temer de mí.

Y cuando volvió al lado de la joven, que lo miraba consternada:

—Perdóname, hija; se me escapó aquella idea, que yo quería esconder a todos... Espontaneidades que uno tiene cuando menos piensa, y que el más ducho en disimular no puede contener á veces. Yo no quería hablar de esto; pero no sé qué me entró. ¡Me dió tal envidia de veros como dos tórtolos!... ¡me asusté tanto de la soledad en que me encontraba, nada más que por llegar tarde, sí, por llegar tarde!... Dispénsame, no te diré una palabra más. Sé que este capítulo te aburre y te molesta. Seré discreto.

Abelarda no podía reprimirse. Levantóse, sintiendo pavor, deseo de huir y de esconderse, para ocultar algo que impetuosamente al demudado rostro le salía.

—Víctor—exclamó descompuesta y temblando,—ó eres el hombre más malo que hay en el mundo, ó no sé lo que eres.

Corrió á su habitación y rompió á llorar, desplomándose de cara sobre las almohadas de su lecho. Víctor se quedó en el comedor, y Luis, que en su inocencia comprendía que pasaba algo extraño, no se atrevió durante un rato á molestar á papá con aquel teje-maneje de los sellos. El padre fué quien afectó entonces interesarse en el juego inteligente, y se puso á explicar á su hijo los símbolos de nacionalidades que éste no comprendía: «Este rey barbudo es Bélgica, y esta cruz la República helvética, es decir, Suiza».