—Pues... (escarbando en su memoria). ¡Ah! que mi papá os un caballero muy decente... como que le da pesetas á la Paca siempre que le lleva algún recado... Y que tú debías casarte con mi papá, para que todo quedase en casa.
—¿Le lleva recados?... ¿Cartas? ¿Y á quién? ¿No sabes?
—Debe ser al Ministro... Es que son muy amigos.
—Pues todo eso que te ha contado Paca del pobre Ponce, es un disparate—afirmó Abelarda sonriendo.—¿Á ti no te gusta Ponce? Dime la verdad, dime lo que pienses.
Luis vaciló un rato en dar contestación. Habían extinguido la prevención medrosa que su padre le inspiraba, no sólo los regalos recibidos de él, sino la observación de que Víctor se llevaba muy bien con toda la familia. En cuanto á Ponce, bueno será decir que Cadalsito no había formado opinión ninguna acerca de este sujeto, por lo cual aceptó, sin discutirla, la de Paca.
—Ponce no sirve para nada, desengáñate. Va por la calle que parece que se le caen los calzones. Y lo que es talento... Mira, más talento tiene Cuevas. ¿No te parece á ti?
Abelarda se reía con tales ocurrencias. Aun hubiera seguido charlando con Luis de aquel asunto; pero la llamó su padre para que le pegara algunos botones al chaleco, y en esto se entretuvo hasta la hora de comer. Doña Pura dijo que Víctor no comía en casa, sino en la de un amigo suyo, diputado y jefe de un grupito parlamentario. Sobre esto hizo Villaamil algunos comentarios acres, que Abelarda oyó en silencio, con grandísima pena. Discutióse si irían ó no al teatro aquella noche, resolviéndose en afirmativa, porque Luis estaba ya bien. Abelarda solicitó quedarse, y su madre le dió una arremetida á solas, asestándole varias preguntas:
—¿Por qué no comes? ¿Qué tienes? ¿Qué cara es esa de carnero á medio morir? ¿Por qué no quieres venir al Real? No me tientes la paciencia. Vístete, que nos vamos en seguida.
Y fueron las tres Miaus, dejando á Villaamil con su nieto y sus fúnebres soledades. Después de acostar al niño se puso á leer La Correspondencia, que hablaba de una nueva combinación.
Cuando las Miaus regresaron, ya Víctor estaba allí, escribiendo cartas en la mesa del comedor. Don Ramón seguía royendo el periódico, y suegro y yerno no se decían media palabra. Retiráronse todos, monos Abelarda, que tenía que mojar ropa para planchar al día siguiente, y al verla metida en esta faena, Víctor, sin soltar la pluma, le dijo: