—He pensado en ti todo el día. Temí que te enojaras por lo de ayer. Yo había hecho el propósito de no revelarte nunca mis sentimientos. Aun no te he dicho toda la verdad, ni te la diré, Dios mediante. Cuando uno llega tarde, debe resignarse y callar. ¿Y tú no me respondes nada? ¿No hablas ni siquiera para reñirme?
La insignificante tenía los ojos fijos en la mesa, y sus labios se agitaban como si la palabra retozara en ellos. Por fin no chistó.
—Te hablaré como hermano (con aquella gravedad bondadosa que tan bien sabía fingir), ya que de otra manera no me es lícito. Soy muy desgraciado... no lo sabes tú bien. Aquí me tienes arrastrado por un vértigo de pasiones insanas; aquí me tienes bajo el peso de relaciones que solicité con aturdimiento, que mantuve por rutina y por pereza, y que ahora deseo romper. Contaba yo para este fin con el auxilio de un ser angelical a quien pensaba encomendarme primero y entregarme por fin en cuerpo y alma. Pero ya no puede ser. ¿Qué hago yo en este trance? Seguir y seguir encenagado, perderme más y más en el laberinto sin salida. Ya no hay salvación para mí. La fatalidad me arrastra... Tú no comprendes esto, Abelarda; pero ¡quién sabe!... quizás lo comprendas, porque tienes mucha penetración. ¡Oh! ¡pues si yo te hubiera encontrado libre...! Mil veces me he propuesto no decirte nada. Sólo que las palabras se me salen de la boca... Basta, basta; no me hagas caso. Esto te lo vengo diciendo desde un principio. No hagas caso de este infeliz; despréciame. Yo no te merezco. Estoy expiando los enormes disparates que cometí desde que me faltó mi pobre Luisa, aquel ángel... ángel del cielo, pero inferior á ti, tan inferior, que no hay punto de comparación entre ambas. Yo, francamente (levantándose con exaltación), cuando veo qué tesoro tan grande va á ser para un Ponce; cuando pienso que tal conjunto de cualidades cae en manos de...
Abelarda estaba tan sofocada, que si no desahoga, si no abre al menos una valvulita, revienta de seguro.
—¿Y si yo te dijera... vamos á ver (palideciendo), si yo te dijera que no quiero á Ponce?...
—¿Tú?... ¿y es verdad?...
—¿Si yo te dijera que ni le quise jamás, ni le querré nunca?... á ver.
Víctor no contaba con esta salida, y se desorientó.
—Ahí tienes tú una cosa... vamos... (balbuciendo) una cosa que me produce el efecto de un porrazo en la cabeza... ¿Pero es verdad? Cuando lo dices, verdad debe de ser. Abelarda, Abelarda, no juegues conmigo; no juegues con fuego... Estas bromas, si bromas son, suelen traer catástrofes. Porque cuando se aborrece á un hombre, como me aborreces tú á mí... (confuso y sin saber á qué santo encomendarse) no se le dice nada que pueda extraviarlo respecto á... quiero decir, respecto á los sentimientos de la persona que le aborrece, porque podría suceder que el aborrecido... No, no atino á explicarte lo que siento. Si no quieres á Ponce, es que quieres á otro, y esto es lo que no debes decirme á mí... ¿Para qué? ¿Para que me confunda más de lo que estoy? (Columbrando un postigo y aguzando su ingenio para escurrirse por él.) Y no quiero interrogarte sobre este particular, porque me volvería loco. Guárdate tu secreto y respeta mi situación. Si yo no te inspiro más que odio, si no llegas á la repugnancia, te ruego que me dejes solo, que te retires y no añadas una palabra más. No te ofrezco mis consejos, porque no los aceptarías; pero si te encontraras en alguna situación difícil, y mis consejos te pudieran servir de algo, ya sabes que soy para ti lo que tú quieras que sea; hermano, si como hermano me tratas...
—¿Y si los necesitara, si necesitara tus consejos?—insinuó Abelarda, que buscaba no una salida, sino la entrada, sin poder descubrirla.