—Pues dispón de mí (otra vez desconcertado). Si quieres á un hombre y temes la oposición de tus padres; si la ruptura con Ponce te parece difícil y necesitas auxilio, aquí estoy dispuesto á prestártelo, por penoso que el caso sea para mí (acercándose más á ella). Dímelo, dímelo, no tengas miedo. ¿Quieres á un hombre que no es tu novio?
—Es mucho pedir que confiese yo... así... de tenazón (recurriendo á la coquetería para salir del paso). ¿Y á ti quién te da vela en este entierro?...
—Soy de la familia... soy tu amigo. Podría ser algo más si tú quisieras. Pero he llegado tarde; no hay que hablar de mi persona. Estoy fuera de juego. Si no quieres confiarme tu secreto, mejor para mí. Así no padeceré tanto. Respóndeme á una pregunta: el hombre á quien tú quieres, ¿te quiere á ti también?
—Yo no he dicho que quiera á nadie... me parece que no lo he dicho... Pero pongamos que lo dijese. Eso no es cuenta tuya. Eres muy entrometido... Claro que yo no iba á querer á nadie que no me correspondiese. ¡Pues lucida estaba!
—De modo que hay reciprocidad (con fingida cólera). ¡Y estas cosas me las dices en mi propia cara!
—¡Yo!... si yo no he chistado.
—Pero lo das á entender... No quiero ser tu confidente, vamos... ¿De modo que el otro te ama?...
—No lo sé... (dejándose llevar de su espontaneidad, ya irresistible). Es lo que no he podido averiguar todavía.
—Y vienes sin duda á que yo te lo averigüe (con sarcasmo). Abelarda, esa clase de papeles no los hago yo. No, no me digas quién es; no necesito saberlo. ¿Es quizás persona que yo conozco? Pues cállate el nombre, cállatelo si no quieres que perdamos las amistades. Esto te lo dice un hombre que siente hacia ti un afecto... pero un afecto que ahora no quiero definir; un hombre que vive bajo el peso de su destino fatal (estas filosofías y otras semejantes las tomaba Cadalso de ciertas novelas que había leído), un hombre á quien está vedado referirte sus padecimientos; y pues yo no debo quererte ni puedo ser tuyo ni tú mía, no debo atormentarme ni dejar que me atormentes tú. Guárdate tu secreto, y yo reservaré la parte de él que he adivinado. Si la fatalidad no se hubiera interpuesto entre nosotros dos, yo intentaría aún tu remedio, procurando arrancarte ese amor, reemplazándolo con el mío. Pero no soy dueño de mi voluntad. El sentimiento éste (golpeándose el pecho) jamás pasará del corazón á la realidad de la vida. ¿Por qué me incitas á descubrirlo? Déjalo en mí, mudo, sepultado, pero siempre vivo. No me tientes, no me irrites. ¿Quieres á otro? Pues que yo no lo sepa. ¿Á qué enconar una herida incurable?... Y para impedir mayores conflictos, mañana mismo me voy de esta casa, y no vuelvo á entrar aquí.
Abelarda sintió tan viva aflicción al oir esto, que no pudo encubrirla. No tenía ella en su pobre caletre armas de razonamiento para combatir con aquel monstruo de infinitos recursos ó ingenio inagotable, avezado á jugar con los sentimientos serios y profundos. Aturdida y atontada, iba á entregar su secreto, ofreciéndose indefensa y cubierta de ridiculez al brutal sarcasmo de Víctor; pero pudo serenarse un poco, recobrar algún equilibrio, y con afectada calma le dijo: