—Pues me vuelvo atrás. ¡Qué disparate! Si lo dije, fué broma, por oírte y darte tela.

—Eres mala, muy mala. Yo pensaba otra cosa de ti.

—¿Pues sabes lo que digo? (levantándose con violento arrebato de ira y despecho). Que estás de lo más cargante y de lo más inaguantable con tus... con tus enigmas; y que no te puedo ver, no te puedo ver. La culpa la tengo yo, que oigo tus necedades. Abur... Voy á dormir... Y dormiré tan ricamente, ¿qué te crees?

—El odio muy vivo, como el amor, quita el sueño.

—Á mí no... perverso... tonto...

—Tú á dormir, y yo á velar pensando en ti... Adiós, Abelarda... Hasta mañana.

Y cuando se retiró el impío, un minuto después de la desaparición de la víctima (que se metió en su cuarto y atrancó la puerta como quien huye de un asesino), llevaba en los labios risilla diabólica y este monólogo amargo y cruel: «Si me descuido, me espeta la declaración con toda desvergüenza. ¡Y cuidado que es antipática y levantadita de cascos la niña!... Y cursi hasta dejárselo de sobra, y sosita... Todo se le podría perdonar si fuera guapa... ¡Ah! Ponce, ¡qué ganga te ha caído!... Es una plepa que no hay por dónde cogerla para echarla á la basura.

XXI

Aunque las esperanzas de los Villaamil, apenas segadas en flor, volvían á retoñar con nueva lozanía, el atribulado cesante las daba siempre por definitivamente muertas, fiel al sistema de esperar desesperando. Sólo que su pesimismo se avenía mal con el furor de escribir cartas y de mover cuantas teclas pudiesen comunicar vibración á la desmayada voluntad del Ministro. «Todo eso de esperar vacante, es música—decía.—Yo sé que cuando quieren hacer las cosas, las hacen saltando por cima de las vacantes y hasta por cima de las leyes. Ni que fuéramos tontos. He visto mil veces el caso de entrar un prohombre en el Ministerio, navaja en mano, pedir una credencial de las gordas; el Ministro ¡zas! llama al Jefe del personal... «No hay vacante...» «Pues hacerla». ¡Pataplún! allá te va, caiga el que caiga... ¿Pero dónde está mi prohombre? ¿Qué personaje de campanillas entrará en el despacho del Ministro con cara feroce diciendo: «De aquí no me muevo hasta que me den... eso?» ¡Ay, Dios mío, qué desgraciado soy y cómo me voy quedando fuera de juego!... Con esta Restauración maldita, epílogo de una condenada Revolución, ha salido tanta gente nueva, que ya se vuelve uno á todos lados sin ver una cara conocida. Cuando un D. Claudio Moyano, un D. Antonio Benavides ó un Marqués de Novaliches le dicen á uno: «Amigo Villaamil, ya estamos mandados recoger», es que el mundo se acaba. Bien dice Mendizábal, que la política ha caído en manos de mequetrefes».

Para distraer su pena y olfatear nombramientos ajenos, ya que en el suyo afectaba no creer, ó realmente no creía, iba por las tardes al Ministerio de Hacienda, en cuyas oficinas tenía muchos amigos de categorías diversas. Allí se pasaba largas horas, charlando, enterándose del expedienteo, fumando algún cigarrillo, y sirviendo de asesor á los empleados noveles ó inexpertos que le consultaban sobre cualquier punto obscuro de la enrevesada Administración.