—Don Ramón, D. Ramón—dijo el elegante, que acababa de paladear su café.—¿No sabe? Á Cañizares, ¿se acuerda usted, el que estaba en Propiedades, aquel á quien llamábamos don Simplicio?, le han dado los doce mil. ¿Ha visto usted polacada mayor?

—Lo tuve yo en mi oficina con cinco mil hace catorce años—dijo el padre de familia, esgrimiendo su puño cerrado y revelando toda la aflicción del mundo en su cara alguacilesca.—Era tan asno, que le ocupábamos en traer leña para la estufa. Ni para eso servía. ¡Cáscaras, qué hombre más animal! Yo cobraba entonces doce mil, lo mismo que ahora. Vean ustedes si esto es justicia ó qué. ¿Tengo ó no tengo razón cuando digo que vale más recoger boñiga en las calles que servir al gran pindongo del Estado? Convengamos en que se acabó la vergüenza.

—Amigo Argüelles—suspiró Villaamil con tristeza estoica,—no hay más remedio que tragar bilis. Dígamelo usted á mí, que he tenido á mis órdenes, en provincias, con seis mil, al propio Director del ramo... Estaba la criatura en Estancadas... y no valía ni para pegar precintos en las cajas de cigarros.

—Dame, paloma mía, de lo que comes... ¡Cuando me acuerdo, ¡cascarones!, de que mi padre quería colocarme de hortera en una tienda, y yo me remonté creyendo que esto no era cosa fina!... ¡Vamos, cuando me acuerdo de esto, me dan ganas de arrancarme á puñados estos condenados mechones que á uno le quedan!... Era allá por el 51. Pues no sólo no quise oir hablar de mostrador, sino que me metí á empleado por aquello de ser caballero; y para acabar de ensuciarla, me casé. ¡Si sería yo pillín!... Después, pian pianino, nueve de familia, suegra y dos sobrinos huérfanos. Y defienda usted el garbanzo de tanta gente... Y gracias que la trompa ayuda, señores. El 64 llegué á los doce mil reales, y allí me planté. ¿Saben ustedes quién me sacó los doce mil? Julián Romea. No me veré en otra. Catorce años llevo en esta plaza. Ya ni siquiera pido el ascenso. ¿Para qué? Como no lo pida á tiros...

Las lamentaciones del trompista padre de familia eran oídas siempre con deleite. Entró en aquel punto Pantoja, y conticuere omnes. Cubría la cabeza del jefe de la sección un gorrete encarnado, con unas al modo de alcachofas bordadas de oro, y borla deshilachada que caía con gracia. Vestía gabán pardo y muy traído, pantalón con rodilleras, rabicorto, dejando ver la caña de las botas recién estrenadas, sin lustre aún. Después de saludar al amigo, ocupó su asiento. Arrimóse Villaamil, y charlaron. Pantoja no olvidaba por el palique los deberes, y á cada instante daba órdenes á su tropa. «Oiga usted, Argüelles, haga el favor de ponerme una orden á la Administración Económica de la Provincia pidiendo tal cosa... Usted, Espinosa, sáqueme en seguida el estado de débitos por Industrial». Y deshacía con mano experta el lazo de balduque para destripar un legajo y sacarle el mondongo. En atarlos también mostraba singular destreza, y parecía que los acariciaba al mudarlos de sitio en la mesa ó al ponerlos en el estante.

El tipo fisiognómico de este hombre consistía en cierta inercia espiritual que en sus facciones se pintaba. Su frente era ancha, lisa, y tan sin sentido como el lomo de uno de esos libros rayados para cuentas, donde no se lee rótulo alguno. La nariz era gruesa en el arranque, resultando tan separados los ojos, que parecían estar reñidos y mirar cada uno por su cuenta y riesgo, sin hacer caso del otro. Su gran boca no se sabía dónde acababa. Las orejas lo sabrían. Sus labios fruncidos parecía que se violentaban al desplegarse para hablar, cual si fuesen expresamente creados para la discreción.

Moralmente, era Pantoja el prototipo del integrismo administrativo. Lo de probo funcionario iba tan adscrito á su persona como el nombre de pila. Se le citaba de tenazón y por muletilla, y decir Pantoja era como evocar la propia imagen de la moralidad. Hombre de pocas necesidades, vivía obscuramente y sin ambición, contentándose con su ascenso cada seis ó siete años, ni ávido de ventajas, ni temeroso de cesantía, pues era de esos pocos á quienes, por su conocimiento práctico, cominero y minucioso de los asuntos oficinescos, no se les limpia nunca el comedero. Había llegado á considerar su inmanencia burocrática como tributo pagado á su honradez, y esta idea se transformaba en sentimiento exaltado ó superstición. Era un alma ingenuamente honrada, una conciencia tan angosta, que se asustaba si oía hablar de millones que no fuesen los de la Hacienda. Las cifras muy altas, no siendo las del presupuesto del Estado, le producían un estremecimiento convulsivo; y si en el Ministerio se preparaba algún proyecto relacionado con fuertes empresas industriales ó bancarias, se le subía á la boca, sin poderlo remediar, la palabra chanchullo. Nunca iba á la Tesorería Central sin experimentar sensación de espanto, como en presencia de un abismo ó sima pavorosa donde anidan el peligro y la muerte; y cuando veía entrar en la Dirección del Tesoro ó en la Secretaría á los altos personajes de la Banca, temblaba por la riqueza del Erario, de quien se creía perro de presa. Según Pantoja, no debía ser verdaderamente rico nadie más que el Estado. Todos los demás caudales eran producto del fraude y del cohecho. Siempre había servido en Contribuciones, y durante su larga y laboriosa carrera fué cultivando en su alma el insano goce de perseguir al contribuyente moroso ó maligno, placer que tiene algo del cruel entusiasmo de la caza: para él era deleite inefable ver á la grande y á la pequeña propiedad defenderse, pataleando, de la persecución del Fisco, y sucumbir siempre ante la superioridad del cazador. En todos los conflictos entre la Hacienda y el contribuyente, la Hacienda tenía siempre razón, según el dictamen inflexible de Pantoja, y este criterio se mostraba en sus notas, que jamás reconocieron el derecho de ningún particular contra el Estado. Para él la Propiedad, la Industria, el consumo mismo, eran organismos ó instrumentos de defraudación, algo de disolvente y revolucionario, que tenía por objeto disputar sus inmortales derechos á la única entidad dueña y propietaria de todo: la Nación. Pantoja no poseyó nunca más que su ropa y sus muebles; era hijo de un portero de la Sala de Mil y Quinientas; se había criado en un desván de los Consejos, sin salir nunca de Madrid; no conocía más mundo que las oficinas, y para él la vida era una sucesión no interrumpida de menudos servicios al Estado, recibiendo de éste, en recompensa, el garbanzo y la santa rosca de cada día.

XXII

¡Ah! ¡Cielos! ¿Qué sería del mundo sin cocido? ¿Y qué de la mísera humanidad sin pagas? La paga era la única forma de bienes terrestres en conformidad con los principios morales, pues para todas las demás clases de bienestar archivaba Pantoja en el fondo de su alma un altivo desprecio. Difícilmente concedía que en la clase de ricos hubiera alguno que fuese propiamente honrado, y á las grandes empresas y á los audaces contratistas les miraba con religioso horror. Labrar en pocos años pingüe fortuna, pasar de la pobreza á la opulencia... era imposible por medios lícitos. Para que tal cosa suceda, es indispensable ensuciarse, quitándole lo suyo á la víctima eterna, al propietario elemental, al Estado. Al millonario que había heredado su fortuna y no hacía más que gastarla, le perdonaba el buen Pantoja; pero aun así no le tenía en olor de santidad, diciendo que si él no robaba, lo habían hecho sus padres, y la responsabilidad, como el dinero, se transmitía de generación en generación.

Cuando veía entrar en el Ministerio y pasar al despacho del Ministro al representante de Rothschild ó de otra opulenta casa española ó extranjera, pensaba cuan útil sería ahorcar á todos aquellos señores que no iban allí sino á tramar algún enjuague. Estas ideas y otras semejantes las vertía Pantoja en el círculo del café adonde concurría, siendo objeto de punzantes burlas por su estrechez de miras; pero él no se daba á partido. ¿Hablábase de Hacienda? Pues en el acto tremolaba Pantoja su banderín con este sencillo y convincente lema: Mucha administración y poca ó ninguna política. Guerra á los grandes negocios, guerra al agio y guerra también á los extranjeros, que no vienen aquí más que á explotarnos y á llevarse el cumquibus, dejándonos más pobres que las ratas. Tampoco ocultaba Pantoja sus simpatías por el rigor arancelario, pues el libre cambio es la protección á la industria de extranjis.