Al propio tiempo sostenía que los propietarios se quejan de vicio, que en ninguna parte se pagan menos contribuciones que en España, que el país es esencialmente defraudador, y la política el arte de cohonestar las defraudaciones y el turno pacífico ó violento en el saqueo de la Hacienda. En suma, las ideas de Pantoja eran tres ó cuatro, pero profundamente incrustadas en su intellectus, como si se las hubieran metido á mazo y escoplo. Su conversación en el círculo de amigos languidecía, porque nunca hablaba mal de sus jefes, ni censuraba los planes del Ministro; no se metía en honduras, ni revelaba ningún secreto de entre bastidores. En el fondo de su cerebro dormía cierto comunismo de que él no se daba cuenta. De este tipo de funcionario, que la política vertiginosa de los últimos tiempos se ha encargado de extinguir, quedan aún, aunque escasos, algunos ejemplares.
En su trabajo era Pantoja puntualísimo, celoso, incorruptible y enemigo implacable de lo que él llamaba el particular. Jamás emitió dictamen contrario á la Hacienda; la Hacienda le pagaba, era su ama, y no estaba él allí para servir á los enemigos de la casa. En cuanto á los asuntos obscuros, de una antigüedad telarañosa y de resolución difícil, su sistema era que no debían resolverse nunca; y cuando llegaba forzosamente el último trámite impuesto por las leyes, buscaba en la ley misma la triquiñuela necesaria para enredarlos de nuevo. Escribir la última palabra de uno de estos pleitos equivalía á una fragilidad de la Administración, á declararse vencida y casi deshonrada. En cuanto á su probidad, no hay que decir sino que recibía á cajas destempladas á los agentes que iban á ofrecerle recompensa por despachar bien y pronto tal ó cual negocio. Conocíanle ya, y no se atrevían con aquel puerco-espín, que erizaba sus púas todas al sentir la aproximación del particular, ó sea del contribuyente.
En su vida privada, era Pantoja el modelo de los modelos. No había casa más metódica que la suya, ni hormiga comparable á su mujer. Eran el reverso de la medalla de los Villaamil, que se gastaban la paga entera en los tiempos bonancibles, y luego quedaban pereciendo. La señora de Pantoja no tenía, como doña Pura, aquel ruinoso prurito de suponer, aquellos humos de persona superior á sus medios y posición social. La señora de Pantoja había sido criada de servir (creo que de D. Claudio Antón de Luzuriaga, al cual debió Pantoja su credencial primera), y lo humilde de su origen la inclinaba á la obscuridad y al vivir modesto y esquivo. Nunca gastaron más que los dos tercios de la paga, y sus hijos iban adoctrinados en el amor de Dios y en el supersticioso miedo al fausto y pompas mundanales. Á pesar de la amistad íntima que entre Villaamil y Pantoja reinaba, nunca se atrevió el primero á recurrir al segundo en sus frecuentes ahogos; le conocía como si le hubiese parido; sabía perfectamente que el honrado ni pedía ni daba, que la postulación y la munificencia eran igualmente incompatibles con su carácter, arcas cuyas puertas jamás se abrían ni para dentro ni para fuera.
Sentados los dos, el uno ante un pupitre, el otro en la silla más próxima, Pantoja se ladeó el gorro, que resbalaba sobre su cabeza lustrosa al menor impulso de la mano, y dijo á su amigo:
—Me alegro que hayas venido hoy. Ha llegado el expediente contra tu yerno. No le he podido echar un vistazo. Parece que no es nada limpio. Dejó de incluir dos ó tres pueblos en la nota de apremios, y en los repartos del último semestre hay sapos y culebras.
—Ventura, mi yerno es un pillo; demasiado lo sabes. Habrá hecho cualquier barrabasada.
—Y me enteró ayer el Director de que anda por ahí dándose la gran vida, convidando á los amigachos y gastando un lujo estrepitoso, con un surtidito de sombreros y corbatas que es un asco, y hecho un figurín el muy puerco. Dime una cosa: ¿vive contigo?
—Sí—respondió secamente Villaamil, que sentía la ola de la vergüenza en las mejillas, al considerar que también su ropa, por flaqueza de Pura, procedía de los dineros de Cadalso.—Pero estoy deseando que se largue de mi casa. De su mano, ni la hostia.
—Porque... verás, me alegro de tener esta ocasión de decírtelo: eso te perjudica, y basta que sea yerno tuyo y que viva bajo tu techo, para que algunos crean que vas á la parte con él.
—¡Yo... con él! (horrorizado). Ventura, no me digas tal cosa...