—¡Jesús, Ramón!
—¡Papá, por Dios!... también usted tiene unas cosas...
—Parece mentira que en tantos años no hayáis aprendido á conocer á ese hombre (exaltándose), el más malo y más traicionero que hay bajo la capa del sol. Para hacerle más temible, Dios, que ha hecho tan hermosos á algunos animales dañinos, le dió á éste el mirar dulce, el sonreir tierno y aquella parla con que engaña á los que no le conocen, para atontarles, fascinarles y comérseles después... Es el monstruo más...
Detúvose Villaamil al reparar que estaba presente Luisito, quien no debía oir semejante apología. Al fin era su padre. Y por cierto que el pobre niño clavaba en el abuelo sus ojos con expresión de terror. Abelarda, como si le arrancaran el corazón á tenazazos, sentía impulsos de echarse á llorar, seguidos de un brutal anhelo de contradecir á su padre, de taparle la boca, de disparar algún denuesto contra su cabeza venerable. Levantóse y se fué á su cuarto, aparentando que entraba á buscar algo, y desde allí oyó aún el murmullo de la conversación... Doña Pura denegaba tímidamente lo dicho por su esposo, y éste, después que se retiró Luisito, llamado por Milagros para lavarle en la cocina boca y manos, reiteró su bárbaro, implacable y sangriento anatema contra Víctor, añadiendo que con él no iba ni á recoger monedas de cinco duros. Era tan hondo el acento del buen Villaamil, y tan lleno de sinceridad y convicción, que Abelarda creyó volverse loca en aquel mismo instante, soñando como único alivio á su desatada pena salir de la casa, correr hacia el Viaducto de la calle de Segovia y tirarse por él. Figurábase el momento breve de desplomarse al abismo, con las enaguas sobre la cabeza, la frente disparada hacia los adoquines. ¡Qué gusto! Después la sensación de convertirse en tortilla, y nada más. Se acabaron todas las fatigas.
Á poco de esto, empezó á llegar la escogida sociedad que frecuentaba en determinadas noches aquella elegante mansión. Milagros, terminada su faena en la cocina, preparó la luz de petróleo para iluminar la sala. Se arregló, dejando en la cocina á la vieja que iba á fregar, pues la pudorosa Ofelia, si se adaptaba con gusto a todos los ramos de la culinaria, no entraba con aquel rudo trajín del fregado, y á poco penetró en sus salones tan bien apañadita que daba gusto verla. Abelarda tardó más en presentarse, y apareció al fin con tan fuerte mano de polvos en la cara, que parecía una molinera. Y aun no bastaba tanto afeite á disimular el tono cadavérico de su faz ni el cerco violado de sus ojos. Virginia Pantoja, su madre y otras señoras la observaron y callaban, guardando sus comentarios para postdata de la tertulia. Ninguna de las amigas dejó de decir para sí: «¡Ajadilla está!» Fue también aquella noche Salvador Guillén, el cual presentó á su compañero de oficina, el elegante Espinosa. Villaamil, desde que empezaba á entrar gente, se iba á la calle, renegando de la tal tertulia, y se pasaba en el café un par de horitas oyendo hablar de crisis ó probando, como dos y tres son cinco, que debía haberla. Solía Pantoja acompañarle, volviendo después con él para recoger á la familia, y por el camino seguían glosando el tema eterno, sin agotarlo nunca ni encontrar jamás la última variación. Conocedor sagaz de la vida burocrática y de las misteriosas energías psicológicas que determinan la elevación y caída de funcionarios, Pantoja trazaba á su amigo un nuevo plan de campaña. Primero, sin perjuicio de buscarse entre la gente política de influencia algún padrinazgo de empuje, convenía no dejar vivir al Ministro, ni al Jefe del Personal; convertirse en su sombra, espiarles las entradas y salidas, acometerles cuando más descuidados estuvieran, ponerles en el terrible dilema de la credencial ó la vida, imponerse por el terror. De esta manera se sacaba siempre tajada, pues al fin, Ministros, Subsecretarios y Jefes del Personal eran hombres, y para poder respirar y vivir daban al moscón lo que pedía, por quitárselo de encima de su alma y perderlo de vista. Reconociendo el profundo sentido humano y político de estos consejos, Villaamil deploraba sinceramente haber llegado al extremo de ser él lo que tantas veces había censurado en otros; acosador importuno y pordiosero inaguantable.
Víctor no solía concurrir a las tertulias; pero aquella noche entró más temprano que de costumbre y pasó á la sala, produciendo la admiración de Virginia Pantoja y de las chicas de Cuevas. ¡Era tan superior por todos conceptos á los tipos que allí se veían! Guillén le tenía ojeriza, y como Víctor le pagaba en la misma moneda, se tirotearon con frases de doble sentido, haciendo reir á la concurrencia.
Al día siguiente, antes de almorzar, hallándose en el comedor Víctor, su suegra, Abelarda y Luisito, que acababa de llegar de la escuela, dijo Cadalso á doña Pura:
—¿Pero cómo reciben ustedes en su casa á ese cojo inmundo? ¿No comprenden que viene por divertirse observando y contar luego en la oficina lo que ve?
—¿Pero acaso tenemos monos pintados en la cara—dijo Pura con desenfado,—para que ese cojitranco venga aquí nada más que á reirse?
—Es un sapo venenoso que en cuanto ve algo que no es sucio como él, se irrita y suelta toda la baba. Cuando papá va á la oficina de Pantoja, ¿en qué creen ustedes que se ocupa Guillén? En hacerle la caricatura. Tiene ya una colección que anda de mano en mano entre aquellos gandules. Ayer, sin ir más lejos, vi una con un letrero al pie que dice: El señor de Miau, meditando su plan de Hacienda. Había ido corriendo de oficina en oficina, hasta que Urbanito Cucúrbitas la llevó al Personal, donde el majadero de Espinosa, hermano de ese cursilón que estuvo aquí anoche, la pegó en la pared con cuatro obleas para que sirviera de chacota á todo el que entraba. Cuando vi aquello me sulfuré, y por poco se arma allí la de San Quintín.