Doña Pura se indignó tanto, que el coraje le cortaba la respiración y la palabra.
—Pues yo le diré á ese galápago que no vuelva á poner los pies en mi casa... ¿Y cómo dices que llaman á mi marido? ¿Habrá desvergüenza?...
—Es que le quieren aplicar ahora el mote que le pusieron á la familia en el Real—dijo Víctor dulcificando su crueldad con una sonrisa;—mote que no tiene maldita gracia.
—¡Á nosotras, á nosotras!—exclamaron á un tiempo, rojas de ira, las dos hermanas.
—Tomémoslo á risa, pues no merece otra cosa. Es público y notorio que cuando toman ustedes posesión de su sitio en el Paraíso, todo el mundo dice: «Ya están ahí las Miaus...» ¡qué tontería!
—¡Y el muy mamarracho se ríe de la gracia!—exclamó doña Pura cogiendo lo primero que encontró á mano, que fué un pan, y apuntando con él á la cabeza de su yerno.
—No, no la emprenda usted conmigo, señora, que no soy yo autor del apodo... Pues si yo las acompañara á ustedes alguna vez y un cursi de aquéllos se atreviera á mayar delante de mí, de la primera boletada todas sus muelas salían á tomar el aire.
—No estás tú mal fantasmón (devorando su ira). Pico, y nada más que pico. ¡Si no tuviéramos nosotras más defensa que tú!...
La ira de las dos hermanas era nada en comparación de la que agitaba el ánimo de Luisito Cadalso, al oir que el cojo Guillén motejaba á su abuelo y le ponía en solfa; y para sí decía: «De todo esto tiene la culpa Posturitas, y le he de dar pa el pelo, porque la ordinariota de su mamá, que es hermana de Guillén, fué la que puso el mote, ¡contro!, y luego se lo dijo al cojo, que es un sapo venenoso, y el muy canalla se lo ha dicho á los de la oficina».
Tan rabioso se puso, que al ir á la escuela cerraba los puños y apretaba los dientes. De seguro que si encuentra á Posturitas en la calle la emprende con él dándole una morrada buena en mitá la cara. Tocóle después estar á su lado en la clase y le pegó con el codo, diciéndole: «No quio na contigo, sinvergüenza. Tú no eres caballero, ni tu familia tampoco son caballeros». El otro no le contestó, y dejando caer la cabeza sobre el brazo, cerró los ojos como vencido de un profundo sueño. Hubo de notar entonces Cadalso que su amigo tenía la cara muy encendida, los párpados hinchados, la boca abierta, respirando por ella, y á ratos soplando fuertemente por la nariz, como si quisiera desobstruirla. Nuevos y más fuertes codazos de Luisito no le hicieron salir de aquel pesado sopor. «¿Qué tienes, recontro?... ¿estás malo?» La cara de Posturitas echaba fuego. El maestro llegó por allí, y viéndole en tal estado y que no había medio de enderezarle, le observó, le pulsó, le puso la mano en la cara. «Chiquillo, tú estás malo; vete corriendo á tu casa y que te acuesten y te abriguen bien para que sudes». Levantóse entonces el rapaz tambaleándose, y con cara y gesto de malísimo humor, atravesó la sala de la escuela. Algunos compañeros le miraron con envidia porque se iba á su casa antes que los demás. Otros, Cadalsito entre ellos, creían que la enfermedad era farsa, pura comedia para irse de pingo y estarse brincando toda la tarde en el Retiro con los peores gateras de Madrid. Porque era muy pillo, muy embustero, y en poniéndose á inventar y á hacer pamemas, no había quien le ganara.