Al día siguiente, Murillito trajo la noticia de que Paco Ramos estaba enfermo de tabardillo, y que le había entrado tan fuerte, pero tan fuerte, que si no bajaba la calentura aquella noche, se moriría. Hubo discusión á la salida sobre ir ó no á verle. «Que eso se pega, hombre».—«Que no se pega... ¡bah, tú!»—«Morral».—«Morral él». Por fin, Murillito, otro que llamaban Pando y Cadalso con ellos, fueron á verle. Era á dos pasos de la escuela, en la casa que tiene farol y muestra de prestamista. Subieron los tres muy ternes, discutiendo todavía si se pegaba ó no se pegaba la tifusidea, y Murillito, el más farfantón de la partida, les animaba escupiendo por el colmillo. «No seáis gallinas. ¡Si creeréis que por entrar vus vais á morir!...» Llamaron, y les abrió una mujer, quien al ver la talla y fuste de los visitantes, no les hizo maldito caso y les dejó plantados, sin dignarse responder á la pregunta que hizo Murillito. Otra mujer pasó por el recibimiento y dijo: «¿Qué buscan aquí estos monos? ¡Ah! ¿Venís á saber de Paquito? Más animado está esta tarde...» «Que pasen, que pasen—gritó dentro otra voz femenil,—á ver si mi niño les conoce». Vieron, al entrar, el despacho de los préstamos, donde estaba un señor de gorro y espejuelos que parecía un ministro (según pensó Cadalso), y atravesaron luego un cuarto grande donde había ropa, golfos de ropa, la mar de ropa, y por fin, en una habitación toda llena de capas dobladas, cada una con su cartón numerado, yacía el enfermo y á su lado dos enfermeras, la una sentada en el suelo, la otra junto al lecho. Posturitas había delirado atrozmente toda la noche y parte de la mañana. En aquel momento estaba más tranquilo, sin que el recargo se iniciara aún. «Rico—le dijo la mujer ó señora instalada á la cabecera, y que debía de ser la mamá,—aquí están tus amiguitos, que vienen á preguntar por ti. ¿Quieres verles?» El pobre niño exhaló una queja, como si quisiera romper á llorar, lenguaje con que indican las criaturas enfermas lo que les desagrada y molesta, que suele ser todo lo imaginable. «Mírales, mírales. Te quieren mucho». Paquito dió una vuelta en la cama, é incorporándose sobre un codo, echó á sus amigos una mirada atónita y vidriosa. Tenía los ojos, aunque inflamados, mortecinos, los labios tan cárdenos que parecían negros, y en los pómulos manchas de color de vino. Cadalso sentía lástima y también terror instintivo que le mantuvo desviado de la cama. La mirada fija y sin luz de su compañero de escuela le hacía temblar. Paco Ramos sin duda no conoció de los tres más que á Luisito, porque sólo dijo Miau, Miau, después de lo cual su cabeza se derrumbó sobre la almohada. La madre hizo una seña á los chicos para que despejaran, y ellos obedecieron como unos santos. En la habitación próxima tropezaron con dos hermanillos de Posturitas, más chicos que él, carisucios y culirrotos, los zapatos agujereados y los mandiles hechos una sentina. El uno arrastraba un muñeco de trapo amarrado por el pescuezo, y el otro un caballo sin patas, gritando como un desesperado ¡arre! Al ver gente menuda, se fueron detrás, deseando hacer migas con ella; pero Murillo, echándoselas de persona, les reprendió por la bulla que armaban, estando el hermanito malo. Ellos se miraron estupefactos. No comprendían jota. El más pequeño sacó del bolsillo del delantal un pedazo de pan ya muy lamido, todo lleno de babas, y le metió el diente con fe. Al pasar por la sala, el señor aquel que parecía un ministro estaba examinando dos mantones de Manila que lo presentaba una mujer. Los tres amigos lo saludaron con exquisita cortesía, pero él no les contestó.
XXV
Muy pensativo se fué Cadalsito á su casa aquella tarde. El sentimiento de piedad hacia su compañero no era tan vivo como debiera, porque el mameluco de Ramos le había insultado, arrojándole á la cara el infamante apodo, delante de gente. La infancia es implacable en sus resentimientos, y la amistad no tiene raíces en ella. Con todo, y aunque no perdonaba á su mal educado compañero, pensó pedir por él en esta forma: «Ponga usted bueno á Posturitas. Á bien que poco le cuesta. Con decir levántate, Posturas, ya está». Acordándose después de que la mamá de su amigo, aquella misma señora que estaba junto al lecho tan afligida, era la inventora del ridículo bromazo, renovóse en él la inquina que le tenía. «Pero no es señora—pensó.—No es más que mujer, y ahora Dios la castiga de firme por poner motes».
Aquella noche estuvo muy intranquilo; dormía mal, se despertaba á cada instante, y su cerebro luchaba angustiosamente con un fenómeno muy singular. Habíase acostado con el deseo de ver á su benévolo amigo el de la barba blanca; los síntomas precursores se habían presentado, pero la aparición no. Lo doloroso para Cadalsito era que soñaba que la veía, lo que no era lo mismo que verla. Al menos no estaba satisfecho, y su mente forcejeaba en un razonar penoso y absurdo, diciendo: «No es éste, no es éste... porque yo no le veo, sino sueño que le veo, y no me habla, sino sueño que me habla». De aquella febril cavilación pasaba á estotra: «Y no podrá decir ya que no estudio, porque hoy sí que me supe la lección, ¡contro! El maestro me dijo: «Bien, bien, Cadalso». Y la clase toda estaba turulata. Largué de corrido lo del adverbio, y no me comí más que una palabra. Y cuando dije lo de que caía el maná en el desierto, también me lo supe, y sólo me trabuqué después en aquello de los Mandamientos, por decir que los trajo encima de un tablero, en vez de una tabla». Luis exageraba el éxito de su lección de aquel día. La dijo mejor que otras veces, pero no había motivo fundado para tanto bombo.
Mala noche fué aquélla para los dos habitantes del estrecho cuarto, pues Abelarda no hacía más que dar vueltas en su catre, rebelde al sueño, conciliándolo breves minutos, sintiéndose acometida por bruscos estremecimientos, que la hacían pronunciar algunas palabras, de cuyo sonido se asombraba ella propia. Una vez dijo: «Huiré con él». Y al punto le respondió un acento suspirón: «Con el que tenía los anillos de puros». Al oir esto, dió un salto aterrada. ¿Quién le respondía? Todo era silencio en la alcoba; pero al poco rato la voz volvió á sonar, diciendo: «Le castiga usted por malo, por poner motes». Al fin, la mente de Abelarda se esclarecía, pudiendo apreciar la realidad y reconocer la vocecilla de su sobrino. Volvióse del otro lado y se durmió. Luis murmuraba gimiendo, como si quisiera llorar y no pudiese. «Que sí me supe la lección... que sí». Y al cabo de un rato: «No me mojes el sello con tu boca negra... ¿Ves? Eso te pasa por malo. Tu mamá no es señora, sino mujer...» Á lo que contestó Abelarda: «Esa elegantona que te escribe cartas no es dama, sino una tía feróstica... Tonto, y me desprecias á mí por ella, á mí, que me dejaría matar por...! Mamá, mamá, yo quiero ser monja». «No...—decía Luis,—ya sé que no le dió usted al Sr. de Moisés los Mandamientos en un tablero, sino en una tabla... Bueno, en dos tablas... Posturas se va á morir. Su padre le envolverá en aquel mantón de Manila... Usted no es Dios, porque no tiene ángeles... ¿En dónde están los ángeles?»
Y Abelarda: «Ya pesqué la llave de la puerta. Quiero escapar. ¡Con el frío que hace, esperándome en la calle!... ¡Vaya un llover!»
Luis: «Es un ratón lo que Posturas echa por la boca, un ratón negro y con el rabo mu largo. Me escondo debajo de la mesa. ¡Papá!»
Abelarda en voz alta: «Qué... ¿qué es eso, Luis? ¿qué tienes? Pobrecito... esas pesadillas que le dan. Despierta, hijo, que estás diciendo disparates. ¿Por qué llamas á tu papá?»
Despierto también Luis, aunque no con el sentido muy claro: «Tiíta, no duermo. Es que... un ratón. Pero mi papá lo ha cogido. ¿No ves á mi papá?
—Tu papá no está aquí, tontín; duérmete.