—Claro, por tres conceptos: por el de detallista, por el de almacenista y por el de fabricante de vinos.

En fin, que el desgraciado particular se largó trinando como ruiseñor en la época del celo, y cuando se quedaron solos Villaamil y Pantoja, al primero le faltó tiempo para decir:

—¿Ha vuelto Víctor por aquí? ¿Cómo va su expediente?

Pantoja tardó en responder; tenía la boca lo mismo que si se la hubieran cosido. Se ocupaba en abrir pliegos, dentro de los cuales, al ser abiertos, sonaba la arenilla pegada á la tinta seca, y el honrado cuidaba de que los tales polvos no se cayeran ¡lástima de desperdicio! y prolijamente los vertía en la salbadera. Era en él costumbre antigua este aprovechamiento de los polvos empleados ya en otra oficina, y lo hacía con nimio celo, cual si mirase por los intereses de su ama, la señora Hacienda.

—Créeme á mí—replicó al fin, dando permiso á la boca y poniendo la mano por pantalla á fin de que sus oficiales no oyeran.—No le harán nada á tu yerno. El expediente es música. Créeme á mí que conozco el paño.

—Ventura, las influencias lo pueden todo—observó Villaamil con inmensa pena;—absolver á los delincuentes, y aun premiarlos, mientras los leales perecen.

—Y las influencias que vuelven el mundo patas arriba y hacen escarnio de la justicia, no son las políticas... quiero decir que estas influencias no revuelven el cotarro tanto como otras.

—¿Cuáles?—preguntó Villaamil.

—Las faldas—replicó Pantoja tan á media voz, que Villaamil no lo oyó, y tuvo que hacerse repetir el concepto.

—¡Ah!... Noticia fresca... Pero dime. ¿Crees tú que Víctor, por ese lado...?