—Me ha dado en la nariz (con malicia, llevándose el dedo á la punta de aquella facción). No aseguro nada; es que yo, con mi experiencia de esta casa, lo huelo, lo huelo, Ramón... no sé... puede que me equivoque. Al tiempo. Anoche en el café, Ildefonso Cabrera, el cuñado de tu yerno, contó de éste ciertos lances...

—¡Dios, qué cosas ve uno!—dijo Villaamil llevándose las manos á la cabeza. Y en medio de su catoniana indignación, pensando en aquella ignominia de las faldas corruptoras, se preguntaba por qué no habría también faldas benéficas que, favoreciendo á los buenos, como él, sirvieran á la Administración y al país.

—Eso tuno sabe por dónde anda. Acuérdate de lo que te digo: le echarán tierra al expediente...

—Y venga el ascenso... y ole morena.

Sonó el timbre, y Pantoja fué al despacho del Director, que le llamaba. En cuanto salió, los subalternos la emprendieron con el cesante.

—Amigo Villaamil, ni usted ni yo echaremos buen pelo hasta que no suban los nuestros; y los nuestros son los del petróleo.

—Así subieran mañana—dijo D. Ramón agitando las quijadas y poniendo en sus ojos toda la ferocidad de su expresión carnívora.

—No lo diga usted de broma, que esto está muy malo. Hay crisis.

—¿Qué broma? ¡Sí, para bromitas está el tiempo! Así saltara esta noche el cantón de Madrid y la Commune inclusive, y tocaran á pegar fuego... Les digo á ustedes que el amigo Job era un niño mimado y se quejaba de vicio... Que venga el santo petróleo, que venga. Más de lo que nos han quitado no nos han de quitar... Peor que esta gente no lo han de hacer.

—¿Sabe usted la que corre hoy? Que van á ceder las Islas Baleares á Alemania... Y que quieren arrendar las Aduanas á no sé qué empresa belga, recibiendo el primer plazo en unos puentes viejos para ferrocarriles.