—Hacienda, Ventura, ¿qué duda tiene?—apuntó Villaamil, que no tomaba aquello en serio, pero dejaba correr la broma para prestar un poco de esparcimiento á su angustiado espíritu.

—Sí, ¡buena se iba á armar!... ¿Y el income tax?

—Lo que es eso...—observó Villaamil sonriendo triste y descorazonado—no me lo pasaba.

—No; fuera Pantoja, que es capaz de imponer una contribución sobre las pulgas que lleva cada quisque. Viva el income tax, dogma del nuevo Gabinete, y la unificación de la Deuda.

—Eso... (con seriedad, bostezando) es fácil que me lo admitiera Ventura... Vaya, caballeros (como quien vuelve en sí, levantándose con ademán diligente), ustedes tienen que hacer, y yo ídem. Á trabajar se ha dicho.

Y pasó á Propiedades (el mismo piso á la derecha), donde era segundo Jefe D. Francisco Cucúrbitas, y de allí bajó para caer como una bomba en el Personal, donde tenía varios conocidos, entre ellos un tal Sevillano, que á veces le informaba de las vacantes efectivas ó presuntas. Después bajaba á Tesorería, dando una vuelta por el Giro Mutuo, previo el consabido palique de los porteros al entrar en cada oficina. En algunas partes le recibían con cordialidad un tanto helada; en otras, la constancia de sus visitas empezaba á ser molesta. No sabían ya qué decirle para darle esperanzas, y los que le habían aconsejado que machacase sin tregua, se arrepentían ya, viendo que sobre ellos se ponía en práctica el socorrido consejo. En el Personal era donde Villaamil se mostraba más tenaz y jaquecoso. El Jefe de aquel departamento, sobrino de Pez y sujeto de mucha escama, le conocía, aunque no lo bastante para apreciar y distinguir las excelentes prendas del hombre, bajo las importunidades del pretendiente. Así, cuando las visitas arreciaron, el Jefe no ocultaba su desabrimiento ni sus pocas ganas de conversación. Villaamil era delicado, y sufría lo indecible con tales desaires; pero la imperiosa necesidad le obligaba á sacar fuerzas de flaqueza y á forrar de vaqueta su cara. Con todo, á veces se retiraba consternado, diciendo para su capote: «¡No puedo, Señor, no puedo! El papel de mendigo porfiado no es para mí». Y la consecuencia de este abatimiento era no parecer unos días por el Personal. Luego volvía la ley tiránica de la necesidad á imponerse brutalmente; el amor propio se sublevaba contra el olvido, y á la manera del lobo en ayunas, que sin reparar en el peligro de muerte se echa al campo y se aproxima impávido al caserío en busca de una res ó de un hombre, así D. Ramón se lanzaba otra vez, hambriento de justicia, á la oficina del Personal, arrostrando desaires, malas caras y peores respuestas. Quien mejor le recibía y más le alentaba, ofreciéndole cordialmente su ayuda, era D. Basilio Andrés de la Caña (Impuestos). Terminada la excursión, Villaamil volvía á su rasa rendido de cuerpo y espíritu. Su mujer le interrogaba con arte; pero él, firme en su dignidad estudiada, sostenía no haber ido al Ministerio más que á fumar un cigarro con los amigos: que no esperando nada, no formulaba pretensiones, y que la familia no debía edificar castillos en el aire, sino irse preparando para un viaje de recreo á San Bernardino. Replicaba á esto Pura que si él no hacía por colocarse, entraría ella á funcionar, apelando á la intercesión de la señora de Pez, Carolina de Lantigua, pues hasta los gatos saben que donde acaba la eficacia de las recomendaciones políticas, empieza la de las faldas.

—¡Ah! No es esa faldamenta la que hace y deshace la fortuna—respondía Villaamil con profundo escepticismo, hijo de su conocimiento del mundo burocrático.—Carolina Pez es una señora honrada, es decir, para el caso, la carabina de Ambrosio. Además... hazte cargo: los Peces no privan ahora; se defienden, y nada más. Ya hay quien habla de dejarles en seco. Figúrate una gente que ha mamado en todas las ubres y que ha sabido empalmar la Gloriosa con Alfonsito... Pues el turrón que ellos comen es el que corresponde á tantos leales como estamos mirando á la luna. Ya principia á levantarse un runrún contra ellos. Y digo más: la Administración necesita de servidores fieles, identificados, fíjate bien, identificados con la política monárquica; es preciso que no se vinculen los destinos; es menester que hay a turno. Si no, ¿adónde vamos á parar? Y ahí tienes al Jefe del Personal, sobrino de Pez, vendiendo protección á los que, por no servir á la jeringada República, sacrificaron sus destinos. Esto es escandaloso y no se ha visto nunca. De esta manera no se puede evitar que haya trifulcas, y que á España se la lleve Pateta. ¿Conque te vas enterando? Por el lado de Pez, ya se trate de Peces con faldas ó con pantalones, no esperes tanto así. Por supuesto (volviendo á su tema, del cual se había olvidado en el calor del discurso), con Peces y sin Peces, para mí no habrá nada. La Caña es el único que se interesa ahora por mí. Algo haría si pudiera. Pero tengo enemigos ocultos, que en la sombra trabajan por hundirme. Alguien me ha jurado guerra á muerte. Quién podrá ser, no lo sé; pero el traidor existe, no lo dudes.

Por aquellos días, que eran ya primeros de Marzo, volvió la infortunada familia á notar los pródromos de la sindineritis. Hubo una semana de horrible penuria, mal disimulada ante los íntimos, sobrellevada por Villaamil con estoica entereza y por doña Pura con aquella ecuanimidad valerosa que la salvaba de la desesperación. Pero el remedio vino inopinadamente y por el mismo conducto que en otra ocasión no menos aflictiva. Víctor volvió a estar boyante. Su suegra fué sorprendida cuando menos lo pensaba por nuevos ofrecimientos de metálico, que no vaciló en aceptar, sin meterse en la filosofía de inquirir la procedencia. Ni creyó discreto contarle á su marido que había visto la cartera de Víctor reventando de billetes. ¡Como que se le habían encandilado los ojos! Embolsó los cuartos recibidos y las consideraciones que el caso le sugería. Si aun no le habían colocado, ¿de dónde sacaba tanto dinero? Y aunque le hubieran colocado... Por fuerza había mano oculta... En fin, ¿á qué escarbar en el temido enigma? No gustaba ella de averiguar vidas ajenas.

Víctor andaba otra vez muy fachendoso. Se había encargado más ropa, tenía butaca una y otra noche en diferentes teatros, y en el mismo Real; hacía frecuentes regalitos á toda la familia, y su esplendidez llegó hasta convidar á las tres Miaus á la ópera, á butaca nada menos.

Lo que produjo en Villaamil verdadera indignación, pues era un escarnio de su pobreza y un insulto á la moral pública. Pura y su hermana se rieron del ofrecimiento, pues aunque rabiaban por ir, carecían de los perendengues necesarios á semejante exhibición. Abelarda se negó resueltamente. Armóse gran disputa sobre esto, y la mamá sugirió algunas ideas para obviar las grandes dificultades con que el pensamiento de su yerno tropezaba en la práctica. Véase lo que discurrió el cacumen arbitrista de la figura de Fra Angélico. Sus amigas y vecinas las de Cuevas se ayudaban, como se ha dicho antes, con la confección de sombreros. En cierta ocasión que las Miaus pescaron tres butacas de periódico para el Español, Abelarda, doña Pura y Bibiana Cuevas se encasquetaron los mejores modelos que aquellas amigas tenían en su taller, después de arreglarlos cada cual á su gusto. ¿Por qué no hacer lo mismo en la ocasión que se discutía? Bibiana no se había de oponer. Y por cierto que tenía en aquel entonces tres ó cuatro prendas, una de la marquesa A, otra de la condesa B, á cual más bonitas y elegantes. Se las disfrazaba, pues para eso había en el taller cantidad de alfileres, hebillas, cintas y plumas, y aunque sus dueñas estuvieran en el teatro, no habían de conocer las mascaritas. En cuanto á los vestidos, ellas lo arreglarían, con ayuda de las amigas, procurándose además algún abrigo, traído de la tienda para probarlo, y como Víctor se había brindado á regalarles también los guantes, no era un arco de iglesia el ir á butacas, ¡Cuántos no irían disimulando con menos gracia la tronitis!