Al día siguiente molestó bastante á la familia solicitando pequeños servicios de aguja, ya pegadura de botón, ya un delicado zurcido, ó bien algo referente á las camisas. Pero Abelarda supo atender á todo con gran diligencia. Á la hora de almorzar, entró doña Pura diciendo que se había muerto el chico de la casa de préstamos, noticia que confirmó Luis con más acento de novelería que de pena, condición propia de la dichosa edad sin entrañas. Villaamil entonó al difuntito la oración fúnebre de gloria, declarando que es una dicha morirse en la infancia para librarse de los sufrimientos de esta perra vida. Los dignos de compasión son los padres, que se quedan aquí pasando la tremenda crujía, mientras el niño vuela al cielo á formar en el glorioso batallón de los ángeles. Todos apoyaron estas ideas, menos Víctor, que las acogía con sonrisa burlona, y cuando su suegro se retiró y Milagros se fué á su cocina y doña Pura empezó á entrar y salir, encaróse con Abelarda, que continuaba de sobremesa, y le dijo:
—¡Felices los que creen! No sé qué daría por ser como tú, que te vas á la iglesia y te estás allí horas y horas, ilusionada con el aparato escénico que encubre la mentira eterna. La religión, entiendo yo, es el ropaje magnífico con que visten la nada para que no nos horrorice... ¿No crees tú lo mismo?
—¿Cómo he de creer eso?—clamó Abelarda, ofendida de la tenacidad artera con que el otro hería sus sentimientos religiosos siempre que encontraba coyuntura favorable.—Si lo creyera no iría á la iglesia, ó sería una farsante hipócrita. Á mí no tienes que salirme por ese registro. Si no crees, buen provecho te haga.
—Es que yo no me alegro de ser incrédulo, fíjate bien; yo lo deploro, y me harías un favor si me convencieras de que estoy equivocado.
—¿Yo? No soy catedrática ni predicadora. El creer nace de dentro. ¿Á ti no se te pasa por la cabeza alguna vez que puede haber Dios?
—Antes sí; hace mucho tiempo que semejante idea voló.
—Pues entonces... ¿qué quieres que yo te diga? (Tomándolo en serio.) ¿Y piensas tú que cuando nos morimos no nos piden cuenta de nuestras acciones?
—¿Y quién nos la va á pedir? ¿Los gusanitos? Cuando llega la de vámonos, nos recibe en sus brazos la señora Materia, persona muy decente, pero que no tiene cara, ni pensamiento, ni intención, ni conciencia, ni nada. En ella desaparecemos, en ella nos diluímos totalmente. Yo no admito términos medios. Si creyese lo que tú crees, es decir, que existe allá por los aires, no sé dónde, un Magistrado de barba blanca que perdona ó condena y extiende pasaportes para la Gloria ó el Infierno, me metería en un convento y me pasaría todo el resto de mi vida rezando.
—Y es lo mejor que podías hacer, tonto. (Quitándole la servilleta á Luis, que tenía fijos en su padre los atónitos ojuelos.)
—¿Por qué no lo haces tú?