—¿Y qué sabes si lo haré hoy ó mañana? Estáte con cuidado. Dios te va á castigar por no creer en él; te va á sentar la mano, y una mano muy dura; verás.
En este momento, Luisito, muy incomodado con los dicharachos de su padre, no se pudo contener, y con infantil determinación agarró un pedazo de pan y se lo arrojó á la cara al autor de sus días, gritando: «¡Bruto!»
Todos se echaron á reir de aquella salida, y doña Pura dió muchos besos á su nieto, azuzándole de este modo: «Dale, hijo, dale, que es un pillo. Dice que no cree para hacernos rabiar. ¿Pero veis qué chico? Si vale más que pesa. Si sabe más que cien doctores. ¿Verdad que mi niño va á ser eclesiástico, para subir al púlpito y echar sus sermoncitos y decir sus misitas? Entonces estaremos todos hechos unos carcamales, y el día que Luisín cante misa, nos pondremos allí de rodillas para que el cleriguito nuevo nos eche la bendición. Y el que estará más humilde y cayéndosele la baba será este zángano, ¿verdad? Y tú le dirás: «Papá, ya ves como al fin has llegado á creer».
—¡Qué guapo es este hijo y qué talento tiene!—dijo Víctor, levantándose gozoso y besando al pequeño, que escondía la cara para rehuir el halago.—¡Si le quiero yo más!... Te voy á comprar un velocípedo para que pasees en la plazuela de enfrente. Verás qué envidia te van á tener tus compañeros.
La promesa del velocípedo trastornó por un momento las ideas del pequeño, quien calculó con rudo egoísmo que sus deseos de ser cura y de servir á Dios y aun de llegar á santo no estaban reñidos con tener un velocípedo precioso, montarse en él y pasárselo por los hocicos á sus compañeros, muertos de dentera.
XXVIII
Á la mañana siguiente, Villaamil celebró con su mujer, cuando ésta volvió de la compra, una conferencia interesante. Estaba él en su despacho escribiendo cartas, y al sentir entrar á su costilla, siseó con misterio, y encerrándose con ella, le dijo: «De esto, ni una palabra á Víctor, que es muy perro y me puede parar el golpe. Aunque yo nada espero, he dado ayer algunos pasos. Me apoya un diputado de mucho empuje... Hablamos anoche largamente. Te diré, para que lo sepas todo, que me presentó á él mi amigo La Caña. Le relaté mis antecedentes, y se admiró de que me tuvieran cesante. Así como quien no quiere la cosa, le expuse mis ideas sobre Hacienda, y mira tú qué casualidad: son las mismas que tiene él. Piensa igualito que yo. Que deben ensayarse nuevas maneras de tributación, tirando á simplificar, apoyándose en la buena fe del contribuyente y tendiendo á la baratura de la cobranza. Pues prometió apoyarme á rajatabla. Es hombre que vale mucho y parece que no le niegan nada.
—¿Es de oposición?
—No; ministerialísimo, pero disidente, ahí está el chiste, y cada día le da una desazón al Gobierno. Vale, vale. Y es de estos que no se ocupan más que del bien del país. Cuando se levanta á hablar, el banco azul tiembla. Como que les prueba, ce por be, que el país corre á la perdición si siguen las cosas como van, y que la agricultura está arruinada, la industria muerta y la nación toda en la más espantosa miseria. Esto salta á los ojos. Pues el Gobierno, que ve en él su acusador, le tiene un miedo, hija, un canguelo tal, que cosa que él pida es otorgada. Saca las credenciales á espuertas... Bueno; hemos quedado en que yo le avisaría si se hace hoy una vacante que me indicaron Sevillano y Pantoja. Voy al Ministerio en cuanto almuerce, me entero de si hay ó no la vacante, y como la haya, le escribo á su casa ó al Congreso, según la hora. Me ha dado palabra de hablar esta tarde al Ministro, el cual le está agradecidísimo, por haber renunciado á explanar una interpelación sobre cierta contrata en que hay sapos y culebras. Ya se ve, el Ministro le daría hoy el arpa de David si se la pidiera. ¿Te vas enterando?
—Sí, hombre, sí (radiante de satisfacción); y me parece que lo que es ahora, no hay quien nos quite el bollo.