—¡Oh! lo que es confianza, lo que se llama confianza, yo no la tengo. Ya sabes que me pongo siempre en lo peor. Pero vamos á hacer nuestro plan: Yo al Ministerio. Que Luis no vaya á la escuela esta tarde, y que espere aquí, porque con él le tengo que mandar la carta. No le veré yo mismo, porque Víctor se ha empeñado en que visitemos juntos esta tarde al Jefe del Personal. Quiero ir con él para despistarle. ¿Entiendes? Cuidado como le dejas entender á ese pillo de dónde sopla ahora el viento.
Levantándose excitadísimo, se puso á dar paseos por el angosto aposento. Su mujer, gozosa, le dejó solo, y á pesar de la reserva que se impuso, su hija y hermana le conocieron en la cara las buenas nuevas. Era de esas personas que atesoran en sí mismas un arsenal de armas espirituales contra las penas de la vida y poseen el arte de transformar los hechos, reduciéndolos y asimilándoselos en virtud de la facultad dulcificante que en sus entrañas llevan, como la abeja, que cuanto chupa lo convierte en miel.
Para Cadalsito fué aquel día de huelga, pues por la mañana, según disposición del maestro, debían ir todos al sepelio del malogrado Posturitas. Y uno de los designados para llevar las cintas del féretro era Luis, á causa de ser tal vez el que mejor ropa tenía, gracias á su papá Víctor. Su abuela le puso los trapitos de cristianar, con guantes y todo, y salió muy compuesto y emperejilado, gozoso de verse tan guapo, sin que atenuara su contento el triste fin de tales composturas. La mujer del memorialista le hizo mil caricias encareciendo lo majo que estaba, y el niño se dirigió hacia la casa de préstamos, seguido de Canelillo, que también quiso meter su hocico en el entierro, aunque no era fácil le dieran vela en él. Al entrar en la calle del Acuerdo, se encontró Cadalso á su tía Quintina, que le llenó de besos, ensalzó mucho su elegancia, le estiró el cuerpo de la chaqueta y las mangas, y le arregló el cuello para que resultara más guapo todavía. «Esto me lo debes á mí, pues le dije á tu padre que te comprara ropita. Á él no se le hubiera ocurrido nunca tal cosa; anda muy distraído. Por cierto, corazón, que estoy bregando ahora más que nunca con tu papá para que te lleve á vivir conmigo. ¿Qué es eso? ¿qué cara me pones? Estarás conmigo mucho mejor que con esas remilgadas Miaus... ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tengo en casa! ¡Ay, si las vieras!... Unos niños Jesús que se parecen á ti, con el mundito en la mano; unos nacimientos tan preciosos, pero tan preciosos... tienes que verlos. Y ahora estamos esperando cálices chiquititos, custodias que son una una monada, casullas así... para que los niños buenos jueguen á las misas; santos de este tamaño, así, mira, como los soldados de plomo, y la mar de candeleritos y arañitas que se encienden en los altares de juguete. Todo lo tienes que ver, y si vas á casa, puedes hacer con ello lo que quieras, pues es para tu diversión. ¿Irás, rico mío?»
Cadalsito, abriendo cada ojo con aquellas descripciones de juguetes sacros, decía que sí con la cabeza, aunque afligido por la dificultad de ver y gozar tales cosas, pues abuelita no le dejaba poner los pies allá. En esto llegaron á la puerta de la casa mortuoria, donde Quintina, después de besuquearle otra vez refregándole la cara, le dejó en compañía de los demás chicos, que ya estaban allí, alborotando más de lo que permitían las tristes circunstancias. Unos por envidia, otros porque eran en toda ocasión muy guasones, empezaron á tomarle el pelo al amigo Cadalso por la ropa flamante que llevaba, por las medias azules y más aún por los guantes del mismo color, que, dicho sea entre paréntesis, le entorpecían las manos. No dejaba él que le tocasen, resuelto á defender contra todo ataque de envidiosos y granujas la limpieza de sus mangas. Tratóse luego de si subían ó no á ver á Paco Ramos muerto, y entre los que votaron por la afirmativa, se coló también Luis, movido de la curiosidad. Nunca tal hiciera.
Porque le impresionó tan vivamente la vista del chiquillo difunto, que á poco se cae al suelo. Le entró una pena en la boca del estómago, como si le arrancasen algo. El pobre Posturistas parecía más largo de lo que era. Estaba vestido con sus mejores ropas; tenía las manos cruzadas, con un ramo en ellas: la cara muy amarilla, con manchas moradas, la boca entreabierta y de un tono casi negro, viéndose los dos dientes de en medio, blancos y grandes, mayores que cuando estaba vivo... Tuvo que apartarse Luisín de aquel espectáculo aterrador. ¡Pobre Posturas!... ¡Tan quieto el que era la misma viveza, tan callado el que no cesaba de alborotar un punto, riendo y hablando á la vez! ¡Tan grave el que era la misma travesura y á toda la clase la traía siempre al retortero! En medio de aquel inmenso trastorno de su alma, que Luis no podía definir, ignorando si ora pena ó temor, hizo el chico una observación que se abría paso por entre sus sentimientos, como voz del egoísmo, más categórico en la infancia que la piedad. «Ahora—pensó—no me llamará Miau». Y al deducir esto, parecía quitársele un peso de encima, como quien resuelve un arduo problema ó ve conjurado un peligro. Al descender la escalera, procuraba consolarse de aquel malestar que sentía, afirmando mentalmente: «Ya no me dirá Miau... Que me diga ahora Miau».
Poco tardó en bajar la caja azul para ser puesta en el carro. En todos los balcones de la casa, sin exceptuar los del establecimiento de préstamos, se asomaron no pocas mujeres para ver salir el entierro. El cojo Guillén apareció con los ojos encendidos de llorar y la cara tan seria, que no se parecía á sí mismo. Él fué quien dispuso todo y distribuyó las cintas, confiándole una á Cadalso. Después se metió en el coche, donde iba también el maestro, con su bastón roten y su chistera lacia; el tendero vecino, con limpia camisa de cuello corto sin corbata, y un señor viejo á quien no conocía Cadalso. En marcha, pues, Luis pensó que su ropa daba golpe, y no fué insensible á las satisfacciones del amor propio. Iba muy consentido en su papel de portador de cinta, pensando que si él no la llevase, el entierro no sería, ni con mucho, tan lucido. Buscó á Canelo con la mirada; pero el sabio perro de Mendizábal, en cuanto entendió que se trataba de enterrar, cosa poco divertida y que sugiere ideas misantrópicas, dió media vuelta y tomó otra dirección, pensando que le tenía más cuenta ver si se parecía alguna perra elegante y sensible por aquellos barrios.
En el cementerio, la curiosidad, más poderosa que el miedo, impulsó á Cadalso á ver todo... Bajaron del carro el cadáver, le entraron entre dos, abrieron la caja... No comprendía Luis para qué, después de taparle la cara con un pañuelo, le echaban cal encima aquellos brutos... Pero un amigo se lo explicó. Cadalsito sentía, al ver tales operaciones, como si le apretasen la garganta. Metía su cabeza por entre las piernas de las personas mayores, para ver, para ver más. Lo particular era que Posturitas se estuviese tan callado y tan quieto mientras le hacían aquella herejía de llenarle la cara de cal. Luego cerraron la tapa... ¡Qué horror quedarse dentro! Le daban la llave al cojo, y después metían la caja en un agujero, allá, en el fondo, allá... Un albañil empezó á tapar el hueco con yeso y ladrillos. Cadalso no apartaba los ojos de aquella faena... Cuando la vió concluida, soltó un suspiro muy grande, explosión del respirar contenido largo tiempo. ¡Pobre Posturitas! «Pues señor, á mí me dirán Miau todos los que quieran; pero lo que es éste no me lo vuelve á decir».
Cuando salieron, los amigos le embromaron a vez por su esmerado atavío. Alguno dejó entrever la intención malévola de hacerle caer en una zanja, de la cual habría salido hecho una compasión. Varias manos muy puercas le tocaron con propósitos que es fácil suponer, y ya Cadalso no sabía qué hacerse de las suyas, aprisionadas en los guantes, entumecidas é incapaces de movimiento. Por fin se libró de aquella apretura, quitándose los guantes y guardándolos en el bolsillo. Antes de llegar á la calle Ancha, los chicos se dispersaron y Luisito siguió con el maestro, que le dejó á la puerta de su casa. Ya estaba allí Canelo de vuelta de sus depravadas excursiones, y subieron juntos á almorzar, pues el can no ignoraba que había repuesto fresco de víveres arriba.
—¿Y los guantes?—preguntó doña Pura á su nieto cuando le vió entrar con las manos desnudas.
—Aquí están... No los he perdido.