Villaamil, á eso de las tres, entró de la calle, afanadísimo, y metiéndose en su despacho, escribió una carta delante de su esposa, que veía con gusto en él la excitación saludable, síntoma de que la cosa iba de veras.

—Bueno. Que Luis lleve esta carta y espere la contestación. Me ha dicho Sevillano que tenemos vacante, y quiero saber si el diputado la pide para mí ó no. De la oportunidad depende el éxito. Yo estoy citado con Víctor, y para desorientarle no quiero faltar... Es labor fina la que traigo entre manos, y hay que andar con muchísimo tiento. Dame mi sombrero... mi bastón, que ya estoy otra vez en la calle. Dios nos favorezca. Á Luis que no se venga sin la respuesta. Que dé la carta á un portero y se aguarde en el cuarto aquél, á la derecha conforme se entra. Yo no espero nada; pero es preciso, es preciso echar todos los registros, todos...

Salió Cadalsito á eso de las cuatro con la epístola y sin guantes, seguido de Canelo y conservando la ropita del entierro, pues su abuela pensó que ninguna ocasión más propicia para lucirla. No fué preciso indicarle hacia dónde caía el Congreso, pues había ido ya otra vez con comisión semejante. En veinte minutos se plantó allá. La calle de Florida-Blanca estaba invadida de coches que, después de soltar en la puerta á sus dueños, se iban situando en fila. Los cocheros de chistera galonada y esclavina charlaban de pescante á pescante, y la hilera llegaba hasta el teatro de Jovellanos. Junto á las puertas del edificio, por la calle del Sordo, había filas de personas formando cola, que los de Orden público vigilaban, cuidando de que no se enroscase mucho. Examinado todo esto, el observador Cadalsito se metió por aquella puerta coronada de un techo de cristales. Un portero con casaca le apartó suavemente para que entrasen unos señorones con gabán de pieles, ante los cuales abría la mampara roja. Cadalsito se encaró después con el sujeto aquel de la casaca, y quitándose la gorra (pues él, siempre cortés en viendo galones, no distinguía de jerarquías), le dió la carta, diciendo con timidez: «Aguardo contestación». El portero, leyendo el sobre: «No sé si ha venido. Se pasará». Y poniendo la carta en una taquilla, dijo á Luis que entrase en la estancia á mano derecha.

Había allí bastante gente, la mayor parte en pie junto á la puerta, hombres de distintas cataduras, algunos muy mal de ropa, la bufanda enroscada al cuello, con trazas de pedigüeños; mujeres de velo por la cara, y en la mano enrollado papelito que á instancia trascendía. Algunos acechaban con airado rostro á los señores entrantes, dispuestos á darles el alto. Otros, de mejor pelo, no pedían más que papeletas para las tribunas, y se iban sin ellas por haberse acabado. Cadalsito se dedicó también á mirar á los caballeros que entraban en grupos de dos ó de tres, hablando acaloradamente. «Muy grande debe de ser esta casona—pensó Luis,—cuando cabe tanto señorío». Y cansado al fin de estar en pie, se metió para dentro y se sentó en un banco de los que guarnecen la sala de espera. Allí vió una mesa donde algunos escribían tarjetas ó volantes, que luego confiaban á los porteros, y aguardaban sin disimular su impaciencia. Había hombre que llevaba tres horas, y aun tenía para otras tres. Las mujeres suspiraban inmóviles en el asiento, soñando una respuesta que no venía. De tiempo en tiempo abríase la mampara que comunicaba con otra pieza; un portero llamaba: «El señor Tal», y el señor Tal se erguía muy contento.

Transcurrió una hora, y el niño bostezaba aburridísimo en aquel duro banco. Para distraerse, levantábase á ratos y se ponía en la puerta á ver entrar personajes, no sin discurrir sobre el intríngulis de aquella casa y lo que irían á guisar en ella tantos y tantos caballerotes.

El Congreso (bien lo sabía él) era un sitio donde se hablaba. ¡Cuántas veces había oído á su abuelo y á su padre: «Hoy habló Fulano ó Mengano, y dijeron esto, lo otro y lo de más allá. ¿Y cómo sería la casa por dentro? Gran curiosidad. ¿Cómo sería? ¿Dónde hablaban? Ello debía de ser una casa grandona como la iglesia, con la mar de bancos, donde se sentaban para charlar todos á un tiempo. ¿Y á qué era tanta habladuría? Pues también entraban allí los Ministros. ¿Y quiénes eran los Ministros? Los que gobernaban y daban los destinos. Igualmente recordó haber oído á su abuelo, en frecuentes ratos de mal humor, que las Cortes eran una farsa y que allí no se hacía más que perder el tiempo. Pero otras veces se entusiasmaba el buen viejo, elogiando un discurso de alboroto. Total, que Luisín no podía formar juicio exacto, y su mente era toda confusión.

Volvió al banco, y desde él vió entrar á uno que se le figuró su padre. «¡Mi papá también aquí!» Y le franquearon la mampara como á los demás. Por poco sale tras él gritando: «Papá, papá», pero no hubo tiempo, y donde estaba se quedó. «¿Y será mi papá de los que hablan? Quien debía venir aquí á explicarse es Mendizábal, que sabe tanto, y dice unas cosas tan buenas...» En esto sintió que se le nublaba la vista, y le entraba el intenso frío al espinazo. Fué tan brusca y violenta la acometida del mal, que sólo tuvo tiempo de decirse: que me da, que me da; y dejando caer la cabeza sobre el hombro, y reclinando el cuerpo en la esquina próxima, se quedó profundamente dormido.

XXIX

Por un instante, Cadalsito no vió ante sí cosa alguna. Todo tinieblas, vacío, silencio. Al poco rato aparecióse enfrente el Señor, sentado, ¿pero dónde? Tras de él había algo como nubes, una masa blanca, luminosa, que oscilaba con ondulaciones semejantes á las del humo. El Señor estaba serio. Miró á Luis, y Luis á él en espera de que le dijese algo. Había pasado mucho tiempo desde que le vió por última vez, y el respeto era mayor que nunca.

—El caballero para quien trajiste la carta—dijo el Padre,—no te ha contestado todavía. La leyó y se la guardó en el bolsillo. Luego te contestará. Le he dicho que te dé un como una casa. Pero no sé si se acordará. Ahora está hablando por los codos.