—Hablando—repitió Luis;—¿y qué dice?

—Muchas cosas, hombre, muchas que tú no entiendes—replicó el Señor, sonriendo con bondad.—¿Te gustaría á ti oir todo eso?

—Sí que me gustaría.

—Hoy están muy enfurruñados. Acabarán por armar un gran rebumbio.

—Y usted—preguntó Cadalso tímidamente, no decidiéndose nunca á llamar á Dios de ,—¿usted no habla?

—¿Dónde, aquí? Hombre... yo... te diré... alguna vez puede que diga algo... Pero casi siempre lo que yo hago es escuchar.

—¿Y no se cansa?

—Un poquitín; ¡pero qué remedio!...

—¿El caballero de la carta contestará que sí? ¿Colocarán á mi abuelo?

—No te lo puedo asegurar. Yo le he mandado que lo haga. Se lo he mandado la friolera de tres veces.