—Pues lo que es ahora (con desembarazo), bien que estudio.
—No te remontes mucho. Algo más aplicado estás. Aquí, entre nosotros, no vale exagerar las cosas. Si no te distrajeras tanto con el álbum de sellos, más aprovecharías.
—Ayer me supe la lección.
—Para lo que tú acostumbras, no estuvo mal. Pero no basta, hijo, no basta. Sobre todo, si te empeñas en ser cura, hay que apretar. Porque figúrate tú, para decirme una misa has de aprender latín, y para predicar tienes que estudiar un sin fin de cosas.
—Cuando sea mayor lo aprenderé todito... Pero mi papá no quiere verme cura, y dice que él no cree nada de usted, ni aunque lo maten. Dígame, ¿es malo mi papá?
—No es muy católico que digamos.
—Y la Quintina, ¿es buena?
—La tía Quintina sí. ¡Si vieras qué cosas tan bonitas tiene en su casa! Debías ir á verlas.
—Abuelita no me deja (desconsolado). Es que á la tía Quintina se le ha metido en la cabeza que me vaya á vivir con ella, y los de casa... que nones.
—Es natural. Pero tú, ¿qué piensas de esto? ¿Te gustaría seguir donde estás y que te dejaran ir á casa de la tía para ver los santos?