—¡Vaya si me gustaría!... Dígame, ¿y mi papá está aquí dentro?

—Sí, por ahí anda.

—¿Y también él hablará?

—También. ¡Pues no faltaba más!...

—Usted perdone. El otro día dijo mi papá que las mujeres son muy malas. Por eso yo no quiero casarme nunca.

—Muy bien pensado (conteniendo la risa). Nada de casorios. Tú vas á ser curita.

—Y obispo, si usted no manda otra cosa...

En esto vió que el Señor se volvía hacia atrás como para apartar de sí algo que le molestaba... El chico estiró el cuello para ver qué era, y el Padre dijo: «¡Largo!; idos de aquí y dejadme en paz». Entonces vió Luisito que por entre los pliegues del manto de su celestial amigo asomaban varias cabecitas de granujas. El Señor recogió su ropa, y quedaron al descubierto tres ó cuatro chiquillos en cueros vivos y con alas. Era la primera vez que Cadalso les veía, y ya no pudo dudar que aquel era verdaderamente Dios, puesto que tenía ángeles. Empezaron á aparecerse por entre aquellas nubes algunos más, y alborotaban y reían, haciendo mil cabriolas. El Padre Eterno les ordenó segunda vez que se largaran, sacudiéndoles con la punta de su manto, como si fuesen moscas. Los más chicos revoloteaban, subiéndose hasta el techo (pues había techo allí) y los mayores le tiraban de la túnica al buen abuelo para que se fuera con ellos. El anciano se levantó al fin, algo contrariado, diciendo: «Bien; ya voy, ya voy... ¡Qué machacones sois! No os puedo aguantar». Pero esto lo decía con acento bonachón y tolerante. Cadalsito estaba embobado ante tan hermosa escena, y entonces vió que de entre los alados granujas se destacaba uno...

¡Contro! era Posturitas, el mismo Posturas, no tieso y lívido como le vió en la caja, sino vivo, alegre y tan guapote. Lo que llenó de admiración á Cadalso fué que su condiscípulo se le puso delante y con el mayor descaro del mundo le dijo: «Miau, fu, fu...» El respeto que debía á Dios y á su séquito no impidió á Luis incomodarse con aquella salida, y aun se aventuró á responder: «¡Pillo, ordinario... eso te lo enseñaron la puerca de tu madre y tus tías, que se llaman las arpidas!» El Señor habló así, sonriendo: «Callar, á callar todos... Andando...» Y se alejó pausadamente, llevándoselos por delante, y hostigándoles con su mano como á una bandada de pollos. Pero el recondenado de Posturitas, desde gran distancia, y cuando ya el Padre celestial se desvanecía entre celajes, se volvió atrás, y plantándose frente al que fué su camarada, con las patas abiertas, el hocico risueño, le hizo mil garatusas, y le sacó un gran pedazo de lenguaza, diciendo otra vez: «Miau, Miau, fu, fu...» Cadalsito alzó la mano... Si llega á tener en ella libro, vaso ó tintero, le descalabra. El otro se fué dando brincos, y desde lejos, haciendo trompeta con ambas manos, soltó un Miau tan fuerte y tan prolongado, que el Congreso entero, repercutiendo el inmenso mayido, parecía venirse abajo...

Un portero con una carta en la mano despertó al chiquillo, que tardaba mucho en volver en sí. «Niño, niño, ¿eres tú el que ha traído la carta para ese señor? Aquí está la respuesta. Sr. D. Ramón Villaamil».