—Sí, yo soy... digo, es mi abuelo—contestó al fin Luisito, y restregándose los ojos salió. El fresco de la calle despejóle un poco la cabeza. Estaba lloviendo, y su primera idea fué para considerar que se le iba á poner la ropa perdida. Canelo, á todas estas, había matado el tiempo en la Carrera de San Jerónimo, calle arriba, calle abajo, viendo las muchachas bonitas que pasaban, algunas en coche, con sus collares de lujo; y cuando Luis salió del Congreso, ya estaba de vuelta de su correría, esperando al amigo. Unióse á éste, esperando que comprase bollos; pero el pequeño no tenía cuartos, y aunque los tuviera, no estaba él de humor para comistrajos después de las cosas que había visto y con el gran trastorno que en todo su cuerpo le quedara.
¿Y la carta?... ¿qué decía la carta? Con trémula mano abrióla Villaamil (mientras doña Pura se llevaba adentro al chiquillo para mudarle la ropa), y al leerla se le cayeron las alas del corazón. Era una de esas cartas de estampilla, como las que á centenares se escriben diariamente en el Congreso y en los Ministerios. Mucha fórmula de cortesía, mucho trasteo de promesas vagas sin afirmar ni negar nada. Cuando su mujer acudió á enterarse, Villaamil ofrecía un aspecto trágico, mostrando la epístola abierta, arrojada sobre la mesa.
—¡Ya!—dijo la Miau, después de leerla;—las pamplinas de siempre. Pero no te apures, hombre. Vete mañana á verle, y...
—Cuando te digo (con atroz desaliento) que entre unos y otros me están jorobando...
Pasó la noche sumido en negra tristeza, y á la mañana inmediata, cambio completo de decoración. En la afanosa vida del pretendiente ocurren estos rudos contrastes que les hacen pasar del desconsuelo á la esperanza. Recibió Villaamil una esquela del prohombre citándole para su casa, de doce á una. Con la prisa y el anhelo que le entró á mi hombre, no acertaba á ponerse el gabán. «Me llamará para decirme alguna tontería—pensaba, arrimándose siempre á lo peor.—Vamos, vamos allá». Y salió, dejando á su mujer excitadísima con la ilusión de un próximo triunfo. Por el camino procuraba compenetrarse bien de su fatalismo pesimista. Según su teoría, siempre sucede lo contrario de lo que uno piensa. Véase por qué no nos sacamos nunca la lotería; bien claro está: porque compra uno el billete con el intento firme de que le ha de caer el premio gordo. Lo previsto no ocurre jamás, sobre todo en España, pues por histórica ley, los españoles viven al día, sorprendidos de los sucesos y sin ningún dominio sobre ellos. Conforme á esta teoría del fracaso de toda previsión, ¿qué debe hacerse para que suceda una cosa? Prever la contraria, compenetrarse bien de la idea opuesta á su realización. ¿Y para que una cosa no pase? Figurarse que pasará, llegar á convencerse, en virtud de una sostenida obstinación espiritual, de la evidencia de aquel supuesto. Villaamil había experimentado siempre con éxito este sistema, y recordaba multitud de ejemplos demostrativos. En uno de sus viajes á Cuba, corriendo furioso temporal, se compenetró absolutamente de la idea de morir, arrancó de su espíritu toda esperanza, y el vapor hubo de salvarse. Otra vez, hallándose amenazado de una cesantía, se empapó de la persuasión de su desgracia; no pensaba más que en el fatídico cese; lo veía delante de sí día y noche, manifestándose con brutal laconismo. ¿Y qué sucedió? Pues sucedió que me le ascendieron.
En resumidas cuentas, al ir á casa del padre de la patria, Villaamil se impregnó bien en el convencimiento de un desastre, y pensaba así: «Como si lo viera; este señor me va á dar ahora la puntilla, diciéndome: «Amigo, lo siento mucho; el Ministro y yo no nos entendemos, y me es imposible hacer nada por usted».
Pero las palabras del aprovechado personaje fueron muy distintas, y jamás habría podido barruntar D. Ramón que el otro saliese por este registro: «Pues ayer tarde, después de escribir á usted, hablé con su yerno, el cual me manifestó que á usted le convendría más servir en provincias. Eso ya varía de especie, porque en provincias es mucho más fácil. Hoy mismo me ocuparé del asunto».
En medio de la sorpresa grata que tan expresivas razones le causaron, sintió mi hombre el disgusto de la ingerencia de Víctor en aquel negocio. Retiróse á su casa intranquilo; pues le hacía muy poca gracia ver mezcladas la persona y recomendaciones de Cadalso con las suyas. No participó doña Pura de estos recelos, y el sol de su regocijo brilló sin nubes. Cierto que les contrariaba tener que hacer el hatillo; pero no estaban en situación de escoger lo mejor, sino de apechugar con lo posible, dando gracias á Dios.
Desde aquel día, Villaamil frecuentaba la iglesia de un modo vergonzante. Al salir de casa, si las Comendadoras estaban abiertas, se colaba un rato allí, y oía misa si era hora de ello, y si no, se estaba un ratito de rodillas, tratando sin duda de armonizar su fatalismo con la idea cristiana. ¿Lo conseguiría? ¡Quién sabe! El cristianismo nos dice: Pedid y se os dará; nos manda que fiemos en Dios y esperemos de su mano el remedio de nuestros males; pero la experiencia de una larga vida de ansiedad sugería al buen Villaamil estas ideas: No esperes y tendrás; desconfía del éxito para que el éxito llegue. Allá se las compondría en su conciencia. Quizás abdicaba de su diabólica teoría, volviendo al dogma consolador; tal vez se entregaba con toda la efusión de su espíritu al Dios misericordioso, poniéndose en sus manos para que le diera lo que más le convenía, la muerte ó la vida, la credencial ó el eterno cese, el bienestar modesto ó la miseria horrible, la paz dichosa del servidor del Estado ó la desesperación famélica del pretendiente. Quizás anticipaba su acalorada gratitud para el primer caso ó su resignación para el segundo, y se proponía aguardar con ánimo estoico el divino fallo, renunciando á la previsión de los acontecimientos, resabio pecador del orgullo del hombre.