Una tarde, ya cerca de anochecido, al volver á su casa, vió á Monserrat abierto, y allá se entró. La iglesia estaba muy obscura. Casi á tientas pudo llegar á un banco de los de la nave central y se hincó juntó á él, mirando hacia el altar, alumbrado por una sola luz. Pisadas de algún devoto que entraba ó salía y silabeo tenue de rezos eran los únicos rumores que turbaban el silencio, en cuyo seno profundo arrojó el cesante su plegaria melancólica, mezcla absurda de piedad y burocracia... «Porque por más que revuelvo en mi conciencia no encuentro ningún pecado gordo que me haga merecer este cruel castigo... Yo he procurado siempre el bien del Estado, y he atendido á defender en todo caso la Administración contra sus defraudadores. Jamás hice ni consentí un chanchullo, jamás, Señor, jamás. Eso bien lo sabes tú, Señor... Ahí están mis libros cuando fuí tenedor de la Intervención... Ni un asiento mal hecho, ni una raspadura... ¿Por qué tanta injusticia en estos jeringados Gobiernos? Si es verdad que á todos nos das el pan de cada día, ¿por qué á mí me lo niegas? Y digo más: si el Estado debe favorecer á todos por igual, ¿por qué á mí me abandona?... ¡Á mí, que le he servido con tanta lealtad! Señor, que no me engañe ahora... Yo te prometo no dudar de tu misericordia como he dudado otras veces; yo te prometo no ser pesimista, y esperar, esperar en ti. Ahora, Padre Nuestro, tócale en el corazón á ese cansado Ministro, que es una buena persona: sólo que me le marean con tantas cartas y recomendaciones».
Transcurrido un rato se sentó, porque el estar de rodillas le fatigaba, y sus ojos, acostumbrándose á la penumbra, empezaron á distinguir vagamente los altares, las imágenes, los confesonarios y las personas, dos ó tres viejas que rezongaban acurrucadas en ruedos al pie de los confesonarios. No esperaba él el buen encuentro que tuvo á la media hora de estar allí. Deslizándose sobre el banco ó andando con las asentaderas sobre la tabla, se le apareció su nieto.
—Hijo, no te había visto. ¿Con quién vienes?
—Con tía Abelarda, que está en aquella capilla... Aquí la estaba esperando y me quedé dormido. No le vi entrar á usted.
—Pues aquí llegué hace un ratito—le dijo el abuelo, oprimiéndole contra sí.—¿Y tú, vienes aquí á dormir la siesta? No me gusta eso; te puedes enfriar y coger un catarro. Tienes las manos heladitas. Dámelas que te las caliente.
—Abuelo—le preguntó Luis cogiéndole la cara y ladeándosela,—¿estaba usted rezando para que le coloquen?
Tan turbado se encontraba el ánimo del cesante, que al oir á su nieto pasó de la risa al lloro en menos de un segundo. Pero Luis no advirtió que los ojos del anciano se humedecían, y suspiró con toda su alma al oir esta respuesta:
—Sí, hijo mío. Ya sabes tú que á Dios se le debe pedir todo lo que necesitamos.
—Pues yo—replicó el chicuelo saltando por donde menos se podía esperar—se lo estoy diciendo todos los días, y nada.
—¿Tú... pero tú también pides?... ¡Qué rico eres! El Señor nos da cuanto nos conviene. Pero os preciso que seamos buenos, porque si no, no hay caso.