Luis lanzó otro suspiro hondísimo que quería decir: «Esa es la dificultad, ¡contro!, que uno sea bueno». Después de una gran pausa, el chiquillo, manoseando otra vez la cara del abuelo para obligarle á mirar para él, murmuró:
—Abuelo, hoy me he sabido la lección.
—¿Sí? Eso me gusta.
—¿Y cuándo me ponen en latín? Yo quiero aprenderlo para cantar misa... Pero mire usted, lo que es esta iglesia no me hace feliz. ¿Sabe usted por qué? Hay en aquella capilla un Señor con pelos largos que me da mucho miedo. No entro allí aunque me maten. Cuando yo sea cura, lo que es allí no digo misa...
Don Ramón se echó á reir.
—Ya se te irá quitando el temor, y verás cómo también al Cristo melenudo le dices tus misitas.
—Y que ya estoy aprendiendo á echarlas. Murillo sabe todo el latinaje de la misa, y cuando se toca la campanilla y cuando se le levanta el faldón al cura.
—Mira—le dijo su abuelo sin enterarse,—ve y avisa á la tía que estoy aquí. No me habrá visto. Ya es hora de que nos vayamos á casa.
Fué Luis á llevar el recado, y el taconeo de sus pisadas resonó en el suelo de la iglesia como alegre nota en tan lúgubre silencio. Abelarda, sentada á la turca en el suelo, miró hacia atrás, después se levantó, y vino á situarse junto á su padre.
—¿Has acabado?—le preguntó éste.