—Aun me falta un poquito.—Y siguió silabeando, fijos los ojos en el altar.

Confiaba mucho Villaamil en las oraciones de su hija, que creía fuesen por él, y así le dijo:

—No te apresures; reza con calma y cuanto quieras, que hay tiempo todavía. ¿Verdad que el corazón parece que se descarga de un gran peso cuando le contamos nuestras penas al único que las puede consolar?

Esto brotó con espontaneidad nacida del fondo del alma. El sitio y la ocasión eran propicios al dulcísimo acto de abrir de par en par las puertas del espíritu y dar salida á todos los secretos. Abelarda se hallaba en estado psicológico semejante; pero sentía con más fuerza que su padre la necesidad de desahogo. No era dueña de callar en aquel instante, y á poco que se descuidara, le rebosarían de la boca confidencias que en otro lugar y momento por nada del mundo dejaría asomar á sus labios.

—¡Ay, papá!—se dejó decir.—Soy muy desgraciada... Usted no lo sabe bien.

Asombróse Villaamil de tal salida, porque para él no había en la familia más que una desgracia, la cesantía y angustiosa tardanza de la credencial.

—Es verdad—dijo soturnamente;—pero ahora... ahora debemos confiar... Dios no nos abandonará.

—Lo que es á mí—confirmó Abelarda,—bien abandonada me tiene... Es que le pasan á una cosas muy terribles. Dios hace á veces unos disparates...

—¿Qué dices, hija? (alarmadísimo). ¡Disparates Dios...!

—Quiero decir que á veces le infunde á una sentimientos que la hacen infeliz; porque, ¿á qué viene querer, si no van las cosas por buen camino?