—¡Á mí! ¡colocarme á mí! (con furor pesimista). Dios no protege más que á los pillos... ¿Crees que espero algo ni del Ministro ni de Dios? Todos son lo mismo... ¡Arriba y abajo farsa, favoritismo, polaquería! Ya ves lo que sacamos de tanta humillación y de tanto rezo. Aquí me tienes desairado siempre y sin que nadie me haga caso, mientras que ese pasmarote, embustero y trapisondista...

Se dió con la palma de la mano un golpe tan recio en el cráneo, que Luisito se asustó, mirando consternado á su abuelo. Entonces volvió á sentir Abelarda la malignidad parricida, uniéndola á un cierto instinto defensivo de la pasión que llenaba su alma. Los grandes errores de la vida, como los sentimientos hondos, aunque sean extraviados, tienden á conservarse y no quieren en modo alguno perecer. Abelarda salió á la defensa de sí misma defendiendo al otro.

—No, papá, malo no es (con mucho calor), malo no. ¡En qué error tan grande están usted y mamá! Todo consiste en que le juzgan de ligero, en que no le comprenden.

—¿Tú qué sabes, tonta?

—¿Pues no he de saberlo? Los demás no le comprenden, yo sí.

—¡Tú, hija...!—y al decirlo, una sospecha terrible cruzó por su mente, atontándole más de lo que estaba. Pronto se rehizo, diciéndose: «No puede ser; ¡qué absurdo!» Pero como notara la excitación de su hija, el extravío de su mirar, volvió á sentirse acometido de la cruel sospecha.

—¡Tú... dices que le comprendes tú!

Resistiéndose á penetrar el misterio, éste, al modo de negra sima, más profunda y temerosa cuanto más mirada, le atraía con vértigo insano. Comparó rápidamente ciertas actitudes de su hija, antes inexplicables, con lo que en aquel momento oía; ató cabos, recordó palabras, gestos, incidentes, y concluyó por declararse que estaba en presencia de un hecho muy grave. Tan grave era y tan contrario á sus sentimientos, que le daba terror cerciorarse de él. Más bien quería olvidarlo ó fingirse que era vana cavilación sin fundamento razonable.

—Vámonos—murmuró.—Es tarde, y yo tengo que hacer antes de ir á casa.

Abelarda se arrodilló para decir sus últimas oraciones, y el abuelo, cogiendo á Luisito de la mano, se dirigió lentamente hacia la puerta, sin hacer genuflexión alguna, sin mirar para el altar ni acordarse de que estaba en lugar sagrado. Pasaron junto á la capilla del Cristo melenudo, y como Cadalsito tirase del brazo de su abuelo para alejarle lo más posible de la efigie que tanto miedo le daba, Villaamil se incomodó y le dijo con cruel aspereza: