—Que te come... Tonto...
Salieron los tres, y en la esquina de la calle de Quiñones se encontraron á Pantoja, que detuvo á D. Ramón para hablarle del inaudito ascenso de Cadalso. Abelarda siguió hacia la casa. Al subir por la mal alumbrada escalera, sintió pasos descendentes. Era él... Su andar con ningún otro podía confundirse. Habría deseado esconderse para que no la viera, impulso de vergüenza y sobresalto que obedecía á misterioso presentimiento. El corazón le anunciaba algo inusitado, desarrollo y resultante natural de los hechos, y aquel encuentro la hacía temblar. Víctor la miró y se detuvo tres ó cuatro escalones más arriba del rellano en que la chica de Villaamil se paró, viéndole venir.
—¿Vuelves de la iglesia?—le dijo.—Yo no como hoy en casa. Estoy de convite.
—Bueno—replicó ella, y no se le ocurrió nada más ingenioso y oportuno.
De un salto bajó Víctor los cuatro escalones, y sin decir nada, cogió á la insignificante por el talle y la oprimió contra sí, apoyándose en la pared. Abelarda dejóse abrazar sin la menor resistencia, y cuando él la besó con fingida exaltación en la frente y mejillas, cerró los ojos, descansando su cabeza sobre el pecho del guapo monstruo, en actitud de quien saborea un descanso muy deseado, después de larga fatiga.
—Tenía que ser—dijo Víctor con la emoción que tan bien sabía simular.—No hemos hablado con claridad, y al fin nos entendemos. Vida mía, todo lo sacrifico por ti. ¿Estás dispuesta á hacer lo mismo por este desdichado?
Abelarda respondió que sí con voz que sólo fué un simple despegar de labios.
—¿Abandonarías casa, padres, todo, por seguirme?—dijo él en un rapto de infernal inspiración.
Volvió la sosa á responder afirmativamente, ya con voz más clara y con acentuado movimiento de cabeza.
—¿Por seguirme para no separarnos jamás?