—Si tú casar migo, sí... Si no casar, no.
—¿Comes o no comes? Porque yo no he venido aquí a perder el tiempo echándote sermones—declaró Benina desplegando toda la energía de su acento—. Si te empeñas en ayunar, me voy ahora mismo.
—Comier tú...
—Los dos. He venido a verte, y a que almorcemos juntos.
—¿Casar tú migo?
—¡Ay qué pesado el hombre! Pareces un chiquillo. Me veré obligada a darte un par de mojicones... Ha, morito, come y aliméntate, que ya se tratará lo del casorio. ¿Piensas que voy yo a tomar un marido seco al sol, y que se va quedando como un pergamino?».
Con estas y otras razones logró convencerle, y al fin el desdichado dejó de hacer ascos a la comida. Empezando con repulgos, acabó por devorar con voracidad. Pero no abandonaba su tema, y entre bocado y bocado, decía: «Casar yo tigo... dirnos terra mía... Yo casar por arreligión tuya si quierer tú... Tú casar por arreligión mía, si quierer ella... Mí ser d'Israel... Bautisma jacieron mí señoritas confirencia... Poner mí nombre Joseph Marien Almudena...
—José María de la Almudena. Si eres cristiano, no me hables a mí de otras arreligiones malas.
—No haber más que un Dios, uno solo, sólo Él—exclamó el ciego, poseído de exaltación mística—. Él melecina a los quebrantados de corazón... Él contar número estrellas, y a tudas ellas por nombre llama. Adoran Adonai el animal y tuda cuatropea, y el pájaro de ala... ¡Alleluyah!...
—Hombre, sí, cantemos ahora las aleluyas para que no nos haga daño la comida.